Una voz propia en los tiempos de la escritura con inteligencia artificial
La escritura con IA nos puede resultar grata en pequeñas dosis, pero se vuelve insoportable cuando te lo encuentras en todas partes.
Si usted padece de la novísima afección de la intolerancia a los textos escritos con inteligencia artificial, quizás le interese saber que hay una explicación bastante prosaica de por qué los asistentes escriben así. En una de las últimas fases del entrenamiento de los grandes modelos, la del aprendizaje por refuerzo con feedback humano, se les enseña a favorecer las respuestas que preferimos nosotros: se generan varias versiones, evaluadores de la especie Homo sapiens eligen la que más les gusta, y el modelo aprende a producir más de eso. Quizás en alguna ocasión usted mismo haya colaborado en la orientación de la prosa que le resulta detestable.
Hay más razones para el estilo de ChatGPT y Claude, como explica muy bien Nathan Lambert: cuantos más rasgos de un modelo se intentan controlar (que no ofenda, que no divague, que no alucine, que sea útil), más suprimes su diversidad de recursos. Empieza a aparecer cierta literatura sobre nuestro reconocimiento de los tics de la escritura con IA y las sensaciones que nos provoca. Para quien quiera una aproximación más técnica: sobre si la inteligencia artificial ganará antes un Nobel de ciencias que el premio Pulitzer.
El caso es que el evaluador medio premió esa prosa pulida, estructurada, ligeramente entusiasta, con sus metáforas sensoriales fallidas y sus hallazgos pseudoprofundos, su “no es X, es Y” y los siempre abundantes listas con viñetas y guiones largos. Natalia Papiol reflejó el vicio de la escritura con IA que más me irrita: el insight vacío. Me subleva, me enerva. Delegar en la máquina la tarea de advertir qué importa y qué no es obvio, y que nos presente un artificio como si acabara de descubrir algo, incita en mi interior una oleada de sentimientos antitecnológicos.
Llevo tiempo rumiando la idea de que para mucha gente el problema no es tanto que escriba una máquina como que todas las máquinas escriban igual. El agotamiento procede del monocultivo estilístico. Es más, probando Claude Fable tengo la sensación de que escribe mucho mejor que sus predecesores, y eso que casi todo el entrenamiento de los modelos se orienta a que sean mejores ingenieros. O quizás es que sólo escribe algo diferente y con eso ya me basta.
Es el momento oportuno para poner sobre la mesa un aspecto que encuentro beneficioso de la escritura con IA. Este estudio de Brynjolfsson, Hui y Liu encontró que cuando eBay introdujo en 2014 su sistema de traducción automática, el comercio internacional entre los países afectados aumentó un 10,9%. Con la escritura higiénica de la IA asistimos a una traducción con esteroides: no sólo entre idiomas, sino también entre registros especializados (el jurídico, el médico, el administrativo), rediciendo barreras de conocimiento y debilitando señales de capital cultural.
Lejos de nuestras disquisiciones literarias o estilísticas hay otros mundos. Desvincular, hasta cierto punto, esfuerzo y resultado también tiene el efecto de romper con ciertas asimetrías. No es casual que el gran estudio de Stanford sobre adopción de escritura asistida por IA encontrara justo lo contrario del patrón habitual de difusión tecnológica: las zonas con menor nivel educativo la adoptan más, no menos.
Cabe también confesar cuánto de IA tiene este texto. La he utilizado para traducir, resumir y conectar. También en la búsqueda de más información y en la edición y pulido final del texto. Aunque pido a ChatGPT que me dé sugerencias de claridad, apenas acepto algunas de sus propuestas: tiende a aplanar en exceso el texto. El uso que solemos tener en mente, pedirle a la IA que lo escriba por mí, me resulta poco práctico: cuando la pongo a prueba nunca es capaz de reflejar lo que yo pienso.
Cuando sí se le da la iniciativa, sucede que su estilo, como ocurre con Claude, nos puede resultar grato en pequeñas dosis, gustoso incluso en un primer momento, como a los evaluadores de los modelos. Pero se vuelve insoportable cuando nos lo encontramos en todas partes.
Tanto la detección como la hartura llegan en oleadas. Daniel Arjona lleva tiempo comentando los premios literarios en los que el jurado corona una obra con muchos indicios de haber sido generada o reescrita mediante IA, con el caso del Commonwealth Short Story Prize publicado por Granta como el más mediático. Delia Rodríguez aportó una explicación creo que muy aguda: las élites culturales no usan la inteligencia artificial, y por lo tanto no saben detectarla.
Creo que el fenómeno nos empuja a todos, también a los escritores apenas aseados como un servidor, a la búsqueda y reafirmación de una voz propia, de un estilo que nos diferencie. Es lo que defendía hace unas semanas Espido Freire. En su conversación con otros usuarios creo que también anticipa otro debate: cuando señala que “No hemos logrado educar a la gente en el rechazo a la piratería, pero intentemos que sí entiendan que [sic] son las IAs y qué implican”.
Para la escritora, parece claro que el asunto se dirime en el plano ético y no en el estético, si se me permite mantenerlos separados. Me he acordado de este reportaje de Viola Zhou, donde se explica que la cuestión ya no es que los ancianos o la gente con menos soltura digital se traguen los contenidos con IA creyéndolos reales: es que lo saben, y aun así no les importa; es más, les gusta.
Cabe recordar que que la IA que tenemos entre manos es la peor IA que usaremos en el resto de nuestra vida. Es razonable esperar que los sistemas actuales nos parezcan rudimentarios dentro de unos años.
Mientras observamos los lugares comunes, cansinos por repetidos, es posible que sistemas con estilos bajo demanda y la capacidad de mimetizar el registro que les propongamos se estén cocinando. Sigo con la hipótesis de que será un mundo que beneficiará a los incumbentes, a los que ya tienen fama, reputación, audiencia y reconocimiento. Hasta entonces, conviene cultivar una voz propia.
Imágenes: Antonio Ortiz con Magnific.





Básicamente está en juego el valor que aportamos a la gente y si no cultivamos eso, y nos desvirtuanos en qué nos convertimos?