El humano cada vez menos en el proceso.
Hay una forma de incomodidad, de desasosiego con la inteligencia artificial que no tiene que ver con su mera adopción. Los directores de tecnología son los primeros en verlo.
La semana que tuvimos a Claude Fable tocaba decidir si se trataba de una mejora incremental más o estábamos ante uno de esos momentos en los que la industria consigue un salto que nos convence de que el progreso no se ralentiza, no se vuelve lineal y toca repensar hasta dónde llegarán las capacidades de la inteligencia artificial de esta generación.
Yo aposté por la segunda vía. Es más, mi tentación era titular esta pieza “Debí tirar más prompts” porque Claude Fable consiguió superar alguna de mis pruebas internas (algún día hablaré de ellas) en las que todos los modelos anteriores me daban resultados limitados.
De hecho, la semana en que tuvimos a Claude Fable fue también la semana en la que por fin comprendí el síndrome del CTO clásico ante la inteligencia artificial. Aunque fueran pocos, los trabajos que le pude encomendar aparecían terminados de una manera casi irreprochable. Pero el punto clave es que mientras me asombraba de otro salto en capacidades sentía como se diluía la necesidad de tutelaje. Indudablemente podría hacer muchas más cosas, más rápido y, en varios terrenos, con más calidad. Pero el desasosiego que asomaba me recordaba a las conversaciones que he tenido con directores tecnológicos “de la vieja escuela”.
Hay una forma de incomodidad con la inteligencia artificial que no tiene que ver con su adopción o con su naturaleza. Los CTO de los que hablo no son “negacionistas de la IA”, una especie cada vez más arrinconada y que malvive en una dinámica pasivo-agresiva que oscila entre el cherrypicking de noticias adversas sobre la IA y el “ya os daréis cuenta de lo confundidos que estáis y vendréis llorando a darme la razón”.
Me refiero a otros: a quienes entienden el valor de los sistemas agénticos de programación basados en inteligencia artificial, pero al mismo tiempo sienten el suelo moverse bajo sus pies. Y es que una cosa es usar la IA para completar tareas dentro de los procesos clásicos de ingeniería y otra la aceleración, transformación y delegación a la que estamos llegando.
¿A qué me refiero concretamente? A que durante décadas, en desarrollo software, hemos construido un conjunto de medidas, buenas prácticas, procesos y apoyo de herramientas para intentar minimizar los errores y problemas derivados de que el software lo hacíamos humanos. En informática llamamos a esto ingeniería, aunque alguien de industriales o caminos tendría sus dudas.
Con la inteligencia artificial cada uno está inventando la rueda en casa, falta una nueva escuela de buenas prácticas, herramientas, formas de trabajar estándar. Pero sobre todo hay una enorme aceleración: quienes adoptan y apuestan de manera radical por la programación asistida por inteligencia artificial no aspiran a un mero apoyo dentro del marco anterior, quieren entrar en una fase de aceleración de prototipos, lanzamientos y avances, subidas a producción continuas y llegar a un escenario en el que apenas pasan horas desde la idea de producto hasta su cristalización en manos del usuario.
Llevado al mercado actual, podríamos comparar los ritmos imposibles de seguir siquiera para estar informado de Anthropic y OpenAI frente a empresas mucho más asentadas como Microsoft, Apple o incluso Google.
En la adopción y el “management” de los sistemas de inteligencia artificial empezamos con el copiloto porque teníamos un chat moderadamente bueno para responder preguntas y gestionar información pero que alucinaba demasiado: había que revisar cada salida. Con los agentes pasamos al humano en el proceso: la IA planifica tareas de varios pasos y usa herramientas, pero no podíamos permitir que funcione de manera autónoma, los humanos intervienen en etapas críticas: retroalimentación continua, corregir errores en tiempo real y guiar las decisiones importantes.
Mi impresión es que Claude Fable empieza una generación no sólo de modelos, sino de sistemas agénticos completos con un harness (el sistema que orquesta los agentes) que ofrece un valor clave y una inteligencia capaz de todo lo anterior pero además supervisarse y finalizar con mucha más precisión las tareas. En su uso me daba la sensación de que yo sólo era necesario en el principio y en el final del trabajo, qué es lo que se tiene que conseguir y verificar finalmente que se había logrando.
Hay una forma de incomodidad, de desasosiego con la inteligencia artificial que no tiene que ver con su mera adopción. Los CTO de los que hablo o un servidor hemos crecido en una cultura ingenieril en la que la delegación a una herramienta no determinista, que resulta una caja negra y que acelera el mundo que teníamos controlado nos induce al vértigo de ver nuestra disciplina y costumbres arrolladas.
El humano cada vez menos en el proceso puede abrazar la aparición de esta nueva capa de abstracción y elevarse por encima de ella, acelerar y crecer en ambición. Parece, a todas luces, una opción mucho mejor que quedar anclado en la melancolía de nuestro anterior protagonismo.



