Primero convirtieron la tecnología en guerra cultural. Después llegó la violencia.
La violencia política llega a la inteligencia artificial.
Pensé que merecía la pena dedicar algo de tiempo a leer las respuestas en Instagram a la noticia de que un hombre fue arrestado por lanzar un cóctel Molotov contra el CEO de OpenAI, Sam Altman.
No es que me extrañara mucho que los comentarios más votados fuesen celebratorios, reivindicando la justicia del acto. Posiciones similares encontré en Bluesky cuando estuve haciendo alguna búsqueda y me ofreció los mensajes “destacados”.
Más que un suceso excepcional, fruto de la piscosis antiinteligencia artificial o un odio exclusivo contra Sam Altman, me recordaron al patrón de otras situaciones anteriores. El atentado contra Charlie Kirk me resulta el caso más parecido. O quizás fue cuando Luigi Mangione apareció acusado del asesinato del directivo de una empresa de seguros.
Ironizar la violencia.
En ese discurso, como en el aparato intelectual previo que los perpetradores consumían y/o generaban, asistimos a una catarsis de mensajes irónicos, muchas veces replicando memes habituales (“¿el molotov está bien?”, “no fue él, estaba cenando conmigo”) pero que en su ligereza aparrente promueven posiciones extremistas y violentas.
Esta ironía permite jugar con la ambivalencia de la violencia hasta bordear la ilegalidad. En tiempos en los que por momentos “los delitos de odio” se acercan a una especie de delitos de opinión (aunque reservados a la protección de minorías), esta memética permite negar la propia posición, “sólo estaba troleando un poco”.
Llevo un par de días repensando el punto ciego de mi análisis en “Nosotros los luditas”. En aquella pieza apuntaba (y sostengo), que sería la clase cultural del conocimiento y la creatividad la que retomaría la posición anti tecnología en el caso de la IA.
¿Por qué me equivoqué en que esa posición anti inteligencia artificial se trasladaría sólo a intentar influir en la opinión pública y no vi la posibilidad de la violencia? Creo que porque estoy anclado al análisis de la tecnología y sus efectos previo a que este quedara subsumido en la guerra cultural. Dentro de la pasión política identitaria aplican otras razones.
Caer dentro de la guerra cultural multiplica los ángulos muertos de los análisis del fenómeno, no sólo los míos. La mayoría de investigaciones y artículos periodísticos sobre las narrativas violentas y su inmersión en la experiencia online (a la vez influencia y efecto), se anclan en 4chan, el gamergate, los foros de radicalización de la derecha alternativa o el “shitposting” de extrema derecha. El caso es que son mucho menos lúcidas alrededor de fenómenos como el creciente nihilismo antipolítico o las renovadas tendencias hacia la violencia política de la extrema izquierda (cuando no las explican y racionalizan como es el caso de un muy buen analista, pero desigual en el trato de ambos lados como es Ryan Broderick).
Psicosis anti inteligencia artificial
Debo reconocer que el tema de la IA contiene elementos que lo diferencia de la convencional polarización identitaria de la guerra cultural. El que más: hay un juicio sobre “el peligro existencial” que apela a mentalidades apocalípticas y más extremas. Si atendemos al discurso del sospechoso del caso Sam Altman, como el de las organizaciones a las que se adscribía (Pause AI, Stop AI) encontramos los lugares comunes de la psicosis anti inteligencia artificial: la máquina nos exterminará si no lo evitamos nosotros antes, así que cualquier acción nos es lícita.
Un autor al que estoy regresando y que considero fundamental en estos años y en este tema es Theodore Kaczynski, republicado en español por Errata Naturae con “Desde un bosque lejano” (Todos tus libros, Amazon). En mi relectura del que acabaría siendo conocido como Unabomber, reaparecen sus dos tesis que más me impactaron: la Revolución Industrial desestabilizó al ser humano, lo rompió empezando un camino en el que los individuos pasamos a adaptarnos a las exigencias del sistema técnico (algo que de manera más fina argumentaría Günther Anders en “La obsolescencia del hombre”) y que la izquierda moderna no sería una auténtica oposición al sistema, sino una forma de pseudorrebelión. Los ecos de Kaczynski resuenan ahora porque su conclusión final es que el sistema tecnológico no puede reformarse, solo puede ser destruido.
Leído el texto publicado por Sam Altman la mañana posterior a su intento de asesinato, ese ‘mirad a mi familia’, salpicado de ‘de verdad que intentaré hacerlo bien y de cara al futuro habrá más cosas positivas que malas con la IA’ sospecho que son mensajes que ya no van a ninguna parte. El propio discurso del sector ha alentado la visión negativa para con la tecnología y además, al otro lado de la brecha, ya se ha concluido: Altman es un sociópata, al que no le importa destruir a la humanidad, nada de lo que diga o haga debe ser tenido en cuenta a su favor.






Nunca hay término medio, qué pena y en los grises está la clave también de este debate; hay que ser crítico sí pero no un ultra