Elogio del adolescente conectado
Prohibir a los adolescentes usar redes sociales puede parecer una medida protectora, pero sería una estrategia miope. Lo digital es parte de su futuro y los jóvenes deben aprender a vivir en él
Prohibir a los adolescentes usar redes sociales puede parecer una medida protectora, pero sería una estrategia miope. El entorno digital es parte de su futuro y los jóvenes deben aprender a vivir en él, no a evitarlo.
Es, en esencia, la tesis resumida de la carta de Rod Wilson al WSJ (sin muro de pago aquí, traducida acá). La traigo a colación porque resume muy bien los dos argumentos que más he utilizado para cuestionar el prohibicionismo de las plataformas.
Por un lado, porque vivimos en una de las dos visiones del metaverso. No en la de la realidad virtual y la inmersión separada del mundo analógico, sino en la siguiente:
“Hay una forma de utilizar el concepto de metaverso que me resulta muy persuasiva y que he incorporado los últimos años a cómo entiendo, analizo y me muevo por la sociedad actual. El metaverso no como un servicio o producto, como un mundo digital, sino como el entendimiento de que lo virtual, lo que sucede en internet, cada vez tiene más importancia en nuestras vidas y en nuestras sociedades.
Desde cómo y dónde trabajamos, cómo nos encuentran, nos relacionamos y nos damos a conocer; la información que nos llega, la influencia en nuestra forma de ver el mundo y cómo participamos de la opinión pública de masas; los grupos y tribus a los que nos adcribimos y a los que consideramos rivales o enemigos; los afectos, a quienes conocemos y queremos, quienes nos duelen o nos han dañado.”
Impedir la conexión del adolescente a entornos de exposición, de manejo de información de millones de fuentes, ordenación algorítmica y del creciente uso de la inteligencia artificial sería como tratar de protegerles no dejando que pisen la calle solos.
En Entre Polymatas intenté hacer una defensa de esta cuestión:
Por otro lado, porque el acceso temprano es una oportunidad para educar. El adolescente de 13 años está mucho más dispuesto a ser orientado, a escucharte y tener en cuenta tus recomendaciones que el de 16 o 17 años.
En “A los 17 años no hay cámara de eco, pero sí exposición al trabajo sexual y falta de espacios para discutir temas difíciles” de la Causas y Azares recogíamos lo siguiente:
"Este extenso informe (en inglés) sobre el entorno mediático de los adolescentes de dieciséis a dieciocho años en Reino Unido, elaborado por el think tank Demos, viene a desmentir algunos lugares comunes sobre ellos y a desvelar alguna preocupación nueva.
Por un lado, no están dentro de una “cámara de eco”, de hecho están lejos de la caricatura “capturados por extremistas de derechas y la desinformación”: son impactados por mucha gente distinta, son más escépticos con las noticias de lo que suponen los adultos y chequean fuentes.
La dieta mediática de estos jóvenes está moldeada por algoritmos que ofrecen una variedad ideológica amplia. La asunción de que estos sistemas de recomendación reinciden continuamente en el mismo espectro ideológico parece perder frente a que empujan cualquier contenido de éxito viral y memético. En la comparación, los autores llegan a sugerir que chavales de 16 años que “picotean” fuentes y contrastan pueden estar menos sesgados que un adulto que solo lee un único diario de línea editorial fuerte. Tiendo a estar bastante de acuerdo con esta visión contra el pánico moral de la desinformación juvenil.
Cuando discutíamos la analogía con el tabaco que se está imponiendo, veíamos también que hay elementos para pensar en que hay indicios para el principio de precaución: es probable que, al menos para una minoría de adolescentes, el uso de móviles y plataformas en su actual formulación sea realmente problemático.
En el dilema “prohibir por completo frente a educar con límites, recomendaciones y probable reforma de cómo las plataformas funcionan” estoy más decantado por el segundo lado. Probablemente porque sospecho que mi generación anda en su momento reaccionario con internet, confundiendo los crepúsculos personales de los generales.
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Yo creo que está bien prohibido el acceso a unas RRSS cuyos algoritmos buscan crear adictos y un contenido en la mayoría de los casos nocivo y de baja calidad. Lo de educar en su uso está muy bien y eso pretendemos hacer pero, como padre de adolescentes, digo que es una tarea inasumible sin límites impuestos. Hay que limitar el acceso, supervisar y educar.
El ejemplo que utilizas indicando que la prohibición sería como impedir que pisen la calle solos, está muy bien traído. Y precisamente ese ejemplo es el que indica que actualmente estamos dejando a los niños salir solos a la calle sin ningún tipo de protección.
A nadie en su sano juicio se le ocurre dejar salir a menores solos. Las primeras "interacciones sociales" que hacemos todos de pequeños son dentro de un núcleo pequeño y cerrado de confianza (padres, hermanos, primos, vecinos), siempre vigilados por adultos y siempre restringido a desconocidos. Llevamos a los niños a parques, a relacionarse con otros niños vigilados por los padres y ahí no entra ningún adulto a interaccionar con esos niños, a decirles lo divertidos que son y lo bien o mal que bailan. Se sigue ampliando el círculo social acudiendo a centros (guardería, escuela, instituto...) todo sitios cerrados, controlados y con gente de la misma edad, donde no entra ningún adulto desconocido a interactuar con los menores.
Ahora mismo en internet, en las redes sociales, no hay manera de crear esos círculos de confianza, no hay alternativas que no impliquen que los padres estén continuamente acompañando a los menores y supervisando su actividad. A las redes sociales, a las marcas y las empresas no les interesan esos entornos restringidos, ni poner límites. Dan cuatro controles para que sean los padres los únicos responsables.
Si no hay un "internet seguro" para niños, restringido y vigilado, no va a aprender a usar las herramientas y cuando accedan al "internet abierto" estarán desprotegidos. Igual que un niño que no ha salido nunca de su casa y de golpe le dejan en un centro comercial de una gran ciudad.