Sigo en mi año de leer a Bourdieu y, debo advertirles, tiendo a analizarlo todo, quizás en exceso, con su marco y su vocabulario. Avisados quedan. Tras su lectura he vuelto a un artículo mío de hace casi un año, «Inteligencia artificial y desvincular esfuerzo y resultado». Defendía allí que la IA rompe el vínculo entre lo que cuesta hacer algo y lo bien que queda, y remataba con que, cuando todo el mundo esté ayudado por una inteligencia artificial de alto nivel, prevalecerá un distintivo intelectual y creativo entre nosotros: el tener buen gusto.
De la parte descriptiva no retiro nada. Cabe, si acaso, reafirmarla. Un texto bien armado, una web currada o una carta de motivación a medida decían algo de quien los firmaba porque exigían horas de trabajo y señalaban años de formación. Hoy salen en lo que dura un café. La señal se ha abaratado y con ella buena parte de nuestra manera de leer el mérito ajeno.
Pero es a la segunda parte a la que ando dando vueltas. Me refería al «buen gusto» como una cualidad que cada cual trae de serie o cultiva por su cuenta, que opera de manera casi objetiva, como si no hubiese que aclarar más y atenernos al «sentido común» de nuestros tiempos. Mi enredo con el Bourdieu de «La distinción» (Amazon, Todos tus libros) tiene algo de caída del caballo: el sociólogo dedica 600 páginas a desmontar esa idea.
Su punto de partida es que el gusto se aprende, y se aprende sobre todo en casa, antes de la escuela. Quien crece entre libros, discos y conversaciones sobre libros y discos adquiere una familiaridad que luego pasa por algo natural, instintivo. La escuela puede dar los conocimientos a quien llega sin ellos, pero difícilmente da la soltura de quien tiene un trasfondo de crianza cultureta, y es la soltura lo que reconocemos como buen gusto. De ahí que funcione tan bien como señal de clase: informa sobre la trayectoria completa de una persona a través de lo que pasa por un rasgo de carácter.
Bourdieu lo observa hasta en la mesa. La comida obrera es copiosa, sin ceremonias, y se elige lo barato y nutritivo; la burguesa sigue un orden estricto de platos y de maneras que convierten el almuerzo en algo más protocolario. Unos atienden al acto de comer y otros a la forma, y detenerse en la forma es la manera de distinguirse. Me sonó familiar cómo en una encuesta que recoge (de los años 60), los entrevistados con menos estudios preferían «El Danubio azul» y los de más estudios «El clave bien temperado».
El sociólogo añade que el gusto es también un instrumento. Los gustos, subraya, son ante todo disgustos, intolerancia visceral hacia los gustos de los demás, porque con ellos se establecen fronteras: quién es de los nuestros, quién aspira a serlo, a quién se le nota el esfuerzo. Para que esa frontera funcione hace falta además que lo distinguido, lo de buen gusto, sea escaso. En cuanto una práctica se populariza deja de distinguir, y quienes la tenían en exclusiva la abandonan por otra más difícil de alcanzar. Aunque la masa se forme, se eduque y se mimetice con lo considerado de buen gusto, las distancias se mantienen porque todos corren en la misma dirección.
Con ese marco, me planteo el debate sobre la IA generativa de otra manera. Empezando por el llamado slop. Viola Zhou contaba en Rest of World que muchos ancioanos en China consumen vídeos generados con IA sabiendo perfectamente que lo son, y que les gustan: les hacen compañía, les emocionan. Es el preferir «El Danubio azul» o la canción de moda. A nosotros, los que nos posicionamos como gente de buen gusto, nos horroriza el consumir slop. Algo parecido ocurre con la prosa de los chatbots, tan pulida y tan estructurada como obsesionados estamos con desenmascararla. Aquí hay un paralelismo interesante: Bourdieu describía al recién llegado a la «cultura legítima» por su buena voluntad y por un exceso de corrección que lo delata, y ese apoyarse en IA para crear pensando que se gana capital cultural es el mismo error. Cuando en julio recomendaba cultivar una voz propia estaba, me temo, intentando convencerles de mi distinción.
Se anda conformando un consenso que viene a decir que ahora que cualquiera puede hacer lo aceptable, toca elevar la ambición, construir cosas con más criterio y mejor gusto. Zvi Mowshowitz titula su análisis del último modelo de Anthropic, apuntando que debería elevar nuestras ambiciones, y Carlos Santana pedía hace poco aprovechar para subir el nivel de calidad y dedicar tiempo, cariño y trabajo a lo que hacemos. Como recomendación en la adopción de la IA no le pondría ni un pero. Leída desde Bourdieu es también una huida hacia adelante: cuando el listón de ayer queda al alcance de todos, lo subimos para que siga siendo escaso lo que nuestras clase cultural considera buen gusto. Y, como ha ocurrido siempre, acabará pasando por sentido común. La gracia del «habitus» (otro concepto de mi maestro francés, disculpen) es que uno defiende su posición creyendo, con toda sinceridad, que sólo defiende las cosas bien hechas.
Hay además un elemento nuevo. En las reacciones a Claude Opus 5.5 he leído decenas de veces lo de que «tiene más gusto que cualquier otro modelo que haya usado», un «gusto impecable». No conviene olvidar que la sobreexcitación es consustancial al mundillo de entusiastas tecnológicos, pero hay un giro interesante para los usuarios enamorados de Claude. Mi lectura es que en Anthropic han reforzado el aprendizaje del modelo hacia lo que se considera el gusto legítimo. Pero es un proceso que se retroalimenta, ¿Dejará de ser legítimo ese gusto al hacerse más accesible y, por tanto, abundante? ¿O, al contrario, puede un modelo de IA considerado el mejor convertirse en fuente de legitimación?
Mi tesis es que vamos a discutir los modelos por su gusto como hasta ahora los discutíamos por su inteligencia, y que los elegiremos como se elegía periódico o grupo de música. Creo que alguna vez he contado que tengo una prueba interna, a cada nueva generación de modelos de IA le pido que escriba un artículo con mi estilo de Error500 a partir de enfoque, titular y tesis: lo que veo que consigue Opus 5.5 está, intuyo, al 70% del camino. No falta mucho para que podamos considerar que lo mío queda fuera de lo distinguido.
«El gusto clasifica, y clasifica al que clasifica», dejó escrito Bourdieu. Quien escribe que el buen gusto será lo último que nos distinga da por hecho que él lo tiene; lo sé porque es lo que hice el año pasado. Ahora diría que es una manera de colocarnos en la jerarquía, de reclamar nuestro capital cultural. Aunque esto puede que sea el sociólogo francés hablando por mí o, incluso, una suerte de capital cultural extra al posicionarme como alguien capaz de diagnosticarlo: ya avisé de que ando leyéndolo en exceso.
Imágenes: Antonio Ortiz con Magnific.





