Yo me lo guiso (con IA), yo me lo como: la edad de oro del software casero.
Hacer tu propio software se siente como una pequeña ampliación de tu agencia sobre el mundo, la sensación de que las cosas pueden ser exactamente como tú las necesitas y no como el mercado dicte.
Hay una contradicción que llevo semanas intentando resolver. Por un lado, la deriva general del consumo apunta a que queremos cada vez más que nos den las cosas hechas: el caso paradigmático es el de zanahorias ya cortadas en palitos del supermercado. Pagamos un extra por las tareas más triviales porque siempre encontramos otra cosa mejor que hacer. Por otro, y a veces en las mismas personas, crece un entusiasmo genuino por hacerse el software propio: me he cruzado con gente que jamás abrió un editor de código y que ahora dedica su sábado por la tarde a construirse una aplicación para organizar la boda, la compra del supermercado o el seguimiento de sus migrañas.
Como alguien que compra verdura cortada (sólo a veces) y está haciendo software sólo para el autoconsumo, tenía que escribir este artículo.
La resolución del misterio empieza por entender qué ha cambiado. Hacer software ha sido siempre una actividad con una barrera de entrada enorme: años de aprendizaje, una curva de frustración empinadísima y la certeza de que cualquier cosa mínimamente útil requería semanas de trabajo. Esta generación de inteligencia artificial (especialmente tras el momento Claude Code) ha derribado esa barrera no sólo para los programadores —que también—, sino para todos los demás.
Aunque hemos analizado mucho el impacto en los profesionales del software, conviene volver sobre el hecho de que los normies han empezado a fabricar miniaplicaciones privadas que jamás se convertirían en una startup ni pretenden serlo. Software doméstico, en el sentido más literal del término: hecho en casa, para casa. Y dentro del grupo de los no profesionales deberíamos contar a quienes lo fuimos, los que construíamos software hace décadas y ahora, con inteligencia artificial, estamos volviendo. Nos ha pasado, por ejemplo, a Jeff Bezos y a mí.
Los ejemplos que están apareciendo en esta oleada tienen un encanto particular precisamente porque son hiperespecíficos. En un hilo reciente de Reddit en el que se preguntaba qué era lo más útil que la gente había construido de verdad con Claude, entre más de trescientos comentarios emergía un patrón: nadie estaba construyendo el próximo unicornio, claro, todos estaban resolviendo un problema concreto y molesto que el software comercial no ataja porque no hay mercado para él. Un comando de terminal que te explica el último error que te ha escupido la consola. Una lista de la compra que ordena los productos según los pasillos de tu supermercado concreto, no de un supermercado genérico. Gestores de filamento para impresoras 3D, herramientas para campañas de Dungeons & Dragons, CRMs enteros para un profesional de la construcción.
Un usuario contaba en el foro que, tras proponerle a su mujer un plan nocturno íntimo, ella le respondió sin levantar la vista del móvil: “ponlo en una solicitud, quizás un Google Form, y a lo mejor digo que sí”. Él se lo tomó literalmente y construyó con Claude una aplicación privada para parejas en la que enviar peticiones, contraofertas y rechazos de actos sexuales, con tablero organizador, límites compartidos y juegos incluidos. Más allá de que pueda parecer una triste alternativa a aprender a comunicarse de verdad con tu pareja, la anécdota ilustra algo importante: la larga cola del software personal llega a rincones en los que ninguna empresa entraría jamás, porque el mercado son exactamente dos personas.
Podríamos poner miles de ejemplos. Javier Pastor lleva meses publicando proyectitos hechos con IA en su blog, el último una aplicación para calcular desde qué localidades se verá mejor el eclipse del próximo 12 de agosto, que además le sirvió para poner a prueba GLM-5.2. Victoriano compartió cómo hizo un traductor a “receta de Thermomix” que guarda en Notion.
Yo mismo tengo mi ejemplar en esta colección: el traductor de libros en EPUB que conté en monos estocásticos, que además añade una capa al asunto, porque ya no se trata solo de hacer software con IA sino de hacer software que usa IA por dentro. Muy interesantes también los casos de liberación, los que consiguen que dejemos de pagar por una suscripción que a día de hoy ya no está justificada: en el hilo de Reddit aparecía un tracker de presión barométrica cruzado con episodios de migraña que sustituye a una app de suscripción de ochenta dólares al año; también hace unas semanas alguien construyó en veintitrés horas y media una alternativa de código abierto a la app de Whoop, con soporte completo de sensores de frecuencia cardíaca, SpO2, HRV y sueño. Con matices: quienes la han probado señalan que hay que exportar los datos manualmente y que por el camino se pierden cosas. Hay límites, claro.
Pero el fenómeno no se queda en lo doméstico, y aquí es donde siguen las consecuencias económicas serias. Dentro de las empresas siempre ha existido una casta de damnificados silenciosos: los profesionales cuyas necesidades de software nunca alcanzaban prioridad suficiente para que desarrollo les hiciera caso. Pienso en el responsable de comunicación que quería un tracker con su dashboard de menciones en prensa y redes y que llevaba años apañándoselo con un excel churrero, porque su petición siempre quedaba por detrás de cualquier cosa que tocara ingresos. O en la responsable de audiencias de una empresa de medios que pensaba en un sistema de alertas de tendencias, eternamente en cola detrás de la gente de negocio y de editorial, viendo cómo el roadmap de producto pasaba de largo trimestre tras trimestre.
Eran víctimas de la economía del desarrollo tradicional, que hacía inviable atender sus casos de uso: cada hora de programador tenía coste de oportunidad. Ahora esa gente se lo guisa y se lo come. Con herramientas imperfectas, con código que probablemente no pasaría una revisión seria, pero funciona, resuelve su problema y que existe, frente a la alternativa histórica, que era que nunca se iba a hacer.
Y esto apunta a fenómenos más hondos que la IA está provocando en las organizaciones: cómo producto pierde el control sobre qué software se utiliza, cómo eso redistribuye el poder dentro de las organizaciones, cómo hay mejoras de productividad que están ocurriendo en la sombra y por qué se abre un momento profesional fantástico para perfiles con agencia e iniciativa. Quien identifique un problema y se construya la herramienta será mucho más productivo que quien siga esperando su turno en la cola del roadmap, y esa diferencia se va a notar en carreras, en ascensos y en qué perfiles resultan de pronto valiosísimos.
Andrej Karpathy describía la sensación como una especie de paradoja de Jevons personal: cuando el software funcional empieza a salir como de un grifo, tu propia demanda de software crece sustancialmente. Puedes pedir cualquier cosa: resúmenes interactivos, visualizadores, dashboards, aplicaciones de un solo uso, y, por tanto, pides muchas más cosas de las que jamás habrías pagado o esperado. Es el mismo mecanismo que hizo que las carreteras más anchas generaran más tráfico: abaratar radicalmente un recurso no reduce su consumo, lo dispara.
Queda resolver la contradicción del principio, y creo que la resolución tiene dos partes. La primera es estadística: probablemente quienes disfrutamos guisándonos el software seamos una minoría, igual que son minoría quienes hornean su pan o restauran muebles, y no hay que extrapolar el entusiasmo de un hilo de Reddit o de mi timeline sesgado al conjunto de la población, que seguirá comprando el software cortado en palitos, es decir, la app del supermercado de turno.
Pero, al mismo tiempo, quizás en el coste de oportunidad hay que entender que ahorramos tiempo en algunas tareas porque realmente queremos hacer otras. Construir una herramienta que resuelve un problema tuyo, concreto, que llevaba años rozándote como una piedra en el zapato (o desatascar de una tarde esa petición que producto llevaba tres años ignorándote) devuelve algo así como una pequeña ampliación de tu agencia sobre el mundo, la sensación artesanal de que las cosas pueden ser exactamente como tú las necesitas y no como el mínimo común denominador de un mercado o de un roadmap.
Queda por ver si este chute de agencia, de construir algo, sobrevive a la novedad, o si dentro de dos años nuestras miniaplicaciones yacerán abandonadas como las panificadoras que compramos en 2020. Es algo de lo que también podría hablar en primera persona.
Imágenes: Antonio Ortiz con Magnific.





¡Ah, otro tema! Es evidente que democratizar el desarrollo de software, reduciendo barreras técnicas a la entrada vía IA, va a multiplicar su demanda, y ahí sí que está Jevons.
Pero ese es un modelo de autoservicio que capturan los ProAms más inquietos, y no los que venden software, como bien explicas en el artículo. Es como si tú fueras fabricante/vendedor de carbón, y descubrieras que la gente ya puede autoproducirse su propio carbón, ¿venderás más carbón? Nop, aumentará el consumo pero no la venta. Lleva ahora esa lógica al mercado laboral.
Por eso digo que lo de Jevons, que tanto se usa desde la mirada tecnooptimista para atenuar el impacto de IA en los puestos de trabajo (como se hizo con el cuento de los radiólogos, que tiene una explicación muy particular por su naturaleza absolutamente regulada) tiene su aquel. Cada vez que me citan a Jevons ahí, encuentro matices que ponen en cuarentena tanto optimismo.
Excelente artículo, Antonio, me ha gustado mucho. Esa tendencia es super interesante. A ver si un día me atrevo a hacer algún pinito como auto-informático. Intuyó que ocurrirá.
Por cierto, me he quedado con esta frase de tu artículo, relacionada con el coste de oportunidad, porque a los efectos de los temas que sabes que a mí me interesan es tan simple como reveladora: «hay que entender que ahorramos tiempo en algunas tareas porque realmente queremos hacer otras». Voy a abusar de tu paciencia, como de costumbre, pero permíteme que le dé unas vueltas a esa frase (aunque no sea central en tu post), que me llevo a casa para seguir rumiando.
Aquí parto del principio no-paternalista de que cada persona debería saber decidir a qué merece más dedicar su tiempo. Si alguien «quiere» dejar de hacer X para poder hacer Y es totalmente legítimo. Ahí damos por hecho que el tiempo ahorrado se reinvierte en algo mejor, aunque eso no siempre ocurra, porque esa racionalidad está muy condicionada por incentivos, impulsos y presiones del entorno. A veces lo que hacemos es evitar la incomodidad de hacer bien lo que toca o lo que solo aporta valor a m/l plazo. Por ejemplo, no es lo mismo automatizar una tarea mecánica que saltarse algo, que cuesta y no es tan divertido, pero desarrolla criterio. «Quiero hacer otras cosas» puede ser FOMO, escapar de lo-tedioso-importante o perderse en la dispersión del picaflor. Ya sabes, intuyo que algo falla en la retórica justificativa de «ahorrar tiempo», como si fuera algo siempre bueno. Siento que ahí hay también mucha ansiedad, presión productiva o pura acumulación. Nada de eso es emancipador. ¿Cuántas veces el tiempo que ahorramos no termina en descanso, presencia o profundidad, sino en más tareas, más velocidad y más deuda de atención? Pero, en fin, como tú mismo estás insistiendo tanto en los últimos tiempos, será porque pertenezco a la 3ra categoría generacional, la de conservadores/escépticos (pero, a veces, tediosamente pesados... o sabios).