Vigilantes del poder con inteligencia artificial
Emerge un movimiento de nuevos proyectos con algo en común: IA aplicada a la vigilancia del poder con capacidad de lidiar y sobreponerse a la ilusión de apertura y la opacidad de facto.
Mario Montes se enteró de que ADIF había empezado a colocar códigos QR en sus estaciones para consultar las llegadas con el mismo contenido que aparece en las pantallas. Recordando una web que había visto en Noruega, donde es posible generar una pantalla personalizada como si fuera la de una estación, decidió replicar la idea en forma de aplicación.
El proyecto, que publicó como open source, le llevó apenas unas tres horas gracias al apoyo de la IA, a pesar de que tuvo que realizar un proceso de ingeniería inversa sobre un sistema cuyo código no está diseñado precisamente para facilitar el uso de parámetros externos. ADIF no se lo tomó bien precisamente.
David Fernández ha desarrollado Contratación Abierta, una web donde se pueden revisar de forma fácil los contratos menores de las administraciones públicas de España. Hay más de 7,3 millones de contratos y 11.700 organismos públicos.
Menjòmetre se presenta como un observatorio independiente de subvenciones y contratos públicos en Cataluña. Permite buscar entidades, empresas u organismos y agrega datos abiertos para mostrar importes recibidos, número de subvenciones y contratos, rankings y una puntuación propia llamada Menjòmetre Score.
Creado por un grupo tras el pseudónimo Segell Fosc “al 100% con IA”, el proyecto no está siendo recibido con entusiasmo desde los medios públicos como apunta Gemma Goldie (de la que tomo el titular de este post).
El “Manual Práctico del IRPF” de la Agencia Tributaria tiene 700 páginas y es cualquier cosa menos operativo para un ciudadano común. Pau March ha creado Larenta.es, un proyecto que resume así:
“Entras. Seleccionas tu comunidad autónoma. Dices si eres asalariado, autónomo, o ambos. Marcas tu situación: si tienes hijos, si alquilas, si inviertes, si cuidas a alguien.
Y te dice cuáles de las 375 deducciones te corresponden. Con una estimación de cuánto puedes ahorrarte.”
Además ha tenido la gentileza de explicar cómo lo desarrolló, de nuevo con mucha inteligencia artificial.
Cabe recordar iniciativas más artesanales, como el observatorio de los observatorios públicos de Jaime Gómez-Obregón o el de Eva Belmonte y Civio con la lectura diaria del BOE. También las foráneas, como el pintoresco uso de un agente de IA con voz para llamar a 3.000 pubs y preguntar el precio de una pinta (un trabajo que el estado irlandés dejó de hacer hace 14 años). Tenemos también varios ejercicios que permiten acceder y buscar en documentación como la desclasificada sobre el caso Epstein: Epsteingate o Jmail son dos ejemplos.
No puedo dejar de pensar que estos servicios de vigilancia del poder entran de lleno en la misión de los medios de comunicación. Con alguna excepción, como la de Transparentia y los sueldos públicos de Newtral, tengo la sensación de que viven de espaldas al escenario que se abre: un medio digital actual tiene contenidos, diseño y un lado tecnológico que puede y debe ser también de desarrollo de servicios como los que comentamos en el artículo.
Inteligencia artificial contra la ilusión de apertura y la opacidad de facto
Hemos defendido por aquí que con inteligencia artificial habrá menos asimetría de la información, pero con límites muy claros: hoy por hoy tienes que pensar que necesitas la ayuda y saber cómo plantearla, escoger la herramienta adecuada, escribir el prompt.
La labor de estos vigilantes del poder con IA es empujar y ponernos delante, sin fricción y usabilidad, información que ya era pública, que el Estado ofrecía de forma transparente pero vedada tras un muro de complejidad en el acceso. En su última Suma Positiva, Samuel Gil concluía algo relacionado sobre el caso del ingeniero que intentó crear una vacuna para su perro:
“Nada de esto es nuevo [..] Lo que sí es nuevo —y esto sí importa mucho— es que un solo individuo, sin formación especializada, orquestó un workflow completo que hace cinco años habría requerido un equipo multidisciplinar de biólogos, químicos, bioinformáticos y oncólogos trabajando durante meses. La IA comprimió ese proceso quizá cien veces. No inventó nada. Hizo que el conocimiento existente fuera accesible y ejecutable por alguien de fuera del campo”.
Hay muchos motivos por los que la inteligencia artificial empodera a ciudadanos y organizaciones para extender la vigilancia sobre el Estado. El aumento de productividad a la hora de programar, la capacidad de complementar en lo que el desarrollador no es tan fuerte (por ejemplo, en diseño), permitir la escala y el procesamiento de información desestructurada o en cualquier formato.
Me acuerdo de cómo Recuenco o Root-rat hablan de “temer al autista”, pero también de una voluntad y un proyecto político en la Unión Europea que ha empujado la exigencia de la transparencia y de los datos abiertos. Hay vigilancia del poder porque se ha legislado que debe ser posible.
Lo interesante del momento es que muchas de estas aplicaciones y de esta era de la IA aplicada a la vigilancia del poder son capaces de lidiar y sobreponerse a la ilusión de apertura y la opacidad de facto: que la transparencia quede en un cumplir la letra de la ley, pero no haya escrutinio efectivo por la dificultad de gestión de los datos, su desorden o su cantidad inmanejable.




