Un Ozempic para mi atención
Hemos pasado de criticar un sistema informativo que nos mantenía como consumidores pasivos a criticar uno que produce adictos al algoritmo y a los chutes de dopamina.
En mi primera lectura pensé que Stephen Kreider no había perdido su mojo narrativo. En el WSJ contaba cómo entró al taller con la aspiradora rota y el iPhone, buscó en YouTube cómo cambiar los rodamientos de un motor y, cuando levantó la cabeza, eran casi las once de la noche, pero la aspiradora seguía intacta sobre el banco. Había estado dos horas clicando entre clips de reparaciones, perros rescatados, peleas de tráfico y fragmentos de una serie. Su mujer Karen describe la misma deriva: empieza con el Wordle, sigue por Facebook y aparece una hora y media después en un reel de un niño británico explicando razas de gallinas.
En la segunda pensé que este hombre, exeditor del periódico, ejemplificaba un fenómeno que observo mucho pero del que se habla poco: el tiempo libre de la jubilación se desvanece cada vez más en el scroll de vídeos en YouTube, Instagram y TikTok. En el metro, el autobús, en la cola del médico y en mil sitios más lo podemos ver cada día. Hay un porcentaje muy alto de la ancianidad que vive dentro de una pantalla.
En la tercera, una vez compartido el artículo, empiezo a reflexionar sobre lo que algunos comentan. Esta jubilación mirando el móvil sería lo mismo de siempre, sólo se ha cambiado el televisor por una pantalla más pequeña. Pero nunca nada es lo mismo que antes, los mecanismos de las aplicaciones y plataformas junto a llevarlo en el bolsillo provocan otros comportamientos. La compulsión de abrirlo por el “fomo”, el salto hacia contenidos cortos y de gratificación inmediata a la vez que superficiales, el llenar momentos fuera y dentro de casa que antes no eran de consumo de contenidos.
Karen y Stephen Kreider cuentan que habían intentado dejarlo, habían recaído, lo habían vuelto a intentar. Casi confiesan, avergonzados, una suerte de falla moral, de falta de voluntad. Como un defecto del carácter. Es lo que a veces encontramos en el debate público sobre el tema, ¿acaso no son libres de dejar el móvil en casa, apagarlo, desinstalar Instagram?.
Tratamos la atención como una virtud moral e inevitablemente me acuerdo de que también lo hacemos con el metabolismo, el apetito y la obesidad. Basta asomarse a cualquier foro para leer que la persona obesa es débil, glotona, alguien sin disciplina que “come mierda”. La explosión de la semaglutida y los medicamentos como Ozempic ha hecho mucho más que adelgazar famosos y anónimos: ha ayudado a demostrar en la práctica clínica que el apetito y el metabolismo son hechos biológicos, y que sobre ese sustrato proyectábamos una voluntad que casi nadie tenía en la cantidad que les exigíamos. Quien se mantenía delgado contaba con genética favorable, con un entorno protector y con una personalidad (también moldeada por la genética y la experiencia) menos propensa a canalizar el estrés por la boca. El resto recibía sermones de gente que no ha leído ni escuchado a Sapolsky.
Sostengo que con la atención ocurre algo parecido. Nuestro córtex prefrontal lleva cien mil años regulando un sistema dopamínico que evolucionó para responder a recompensas escasas e impredecibles, no a un feed casi infinito de estímulos micro-calibrados por un algoritmo que sabe qué darnos para mantenernos pegados. Como vengo escribiendo desde hace años, hemos pasado de criticar un sistema informativo que nos mantenía como consumidores pasivos a criticar uno que produce adictos al algoritmo y a los chutes de dopamina.
E, insisto, el sustrato sobre el que opera ese diseño es biológico, no moral. Como resume Marta Beltrán en The Conversation, el diseño adictivo se articula sobre cuatro palancas: acción forzada (scroll infinito, autoplay, recompensas periódicas), ingeniería social (FOMO, likes), interferencia con la interfaz (se altera el diseño para dificultar acciones que no benefician a la plataforma) y manipulación conductual. Son patrones probados, optimizados con A/B testing por equipos enormes contra un cerebro que sólo cuenta con lo que la evolución le dio. Llamarle a eso “falta de voluntad”, como ya argumenté aquí, es la misma trampa epistémica que llamar vago al gordo.
Pero seguimos abordando esto como en una lucha personal. No quiero cruzar el límite de entendernos como individuos dominados, sin agencia ni capacidad, hay mucho que podemos hacer y, como con la dieta y el ejercicio, es posible conseguir resultados. También la visión reaccionaria por la que las plataformas son una mera tragaperras sin valor alguno: X y sobre todo Youtube son a día de hoy los sitios en los que encuentro las propuestas más interesantes de todo internet.
Os presento una de mis últimas compras: el lector de libros Xteink X4: 77 gramos, 69 dólares, sin luz, sin pantalla táctil, sin apps, sólo EPUB y botones físicos, para empujarme a leer libros otra vez. La gracia es que lo llevas a todas paretes pegado al teléfono, ofreciéndote una alternativa para el transporte público o los ratos de espera. En mi experiencia, recomiendo leer aquí obras que permitan ser retomadas sin esfuerzo y leídas a sorbos, lo nuevo de Amalio Rey es perfecto para esto. Hay quien acaba comprando una funda con un terrario cuyas plantas sólo sobreviven si deja el teléfono boca abajo.
Luego tenemos quienes se autoimponen una disciplina de dieta y ejercicio para la atención. Gala Castro lo describe muy bien en GirlPope: el “offline escape” se ha convertido en otra estética de consumo, dispositivos Brick, teléfonos no inteligentes, libretas de piel cuidadosamente elegidas para subirlas a TikTok. Por momentos es más una nueva forma de mostrar identidad mientras la relación mental con el estímulo sigue siendo exactamente la misma. Su propuesta va por otro lado, casi puramente conductual: desactivar todas las notificaciones no esenciales, no responder al momento, hacer sólo una cosa a la vez, dormir con el móvil en modo avión, no leer noticias cada día, no comentar nunca a quien busca discutir. Probablemente sea más efectivo que cualquier funda con plantas, pero también más difícil. Todo eso ayuda y todo eso es asimétrico: estás solo con tus trucos y tu fuerza de voluntad frente a una industria que invierte miles de millones en que falles.
La industria lleva tiempo intentando gestionar la situación para que no se le vaya de madre y venga el Estado a imponer medidas. Tenemos desde hace mucho funciones como los avisos de tiempo de uso en el móvil y sus aplicaciones o modos de descanso o escala de grises a partir de cierta hora. Lo último es Pause Point en Android 17, una función que mete diez segundos de espera antes de abrir cualquier app marcada como distracción.
Pero, como se suele decir, “demasiado poco, demasiado tarde”. La oleada regulatoria que viene está empezando con los menores, pero va a seguir avanzando. La Comisión Europea prepara para este mismo 2026 la Digital Fairness Act, una pieza enfocada no tanto al contenido como al diseño: patrones oscuros de diseño, mecánicas adictivas, personalización abusiva, marketing de influencers no transparente, contratos digitales confusos. Refleja algo de lo que venimos hablando, pasamos de discutir qué contenido ves a discutir cómo la aplicación te empuja a seguir viendo al ser adictiva por diseño; de exigir voluntad al usuario a exigir rediseño al producto.
Y aquí me incluyo. Yo soy el jubilado del principio. Llevo años escribiendo sobre esto, conozco las cuatro palancas, tengo la lista de Gala grabada mentalmente, tengo claro el marco teórico, y aun así abro Twitter para mirar una cosa concreta y media hora después estoy enzarzado en un hilo sobre nada con un señor de Albacete. Lo conseguí con la dieta y el deporte; con mi atención, en cambio, soy débil. Ando buscando, renunciando a la soberbia intelectual, un Ozempic para mi atención. Una intervención externa que no dependa de mi fuerza de voluntad.





Me ha gustado mucho, he tenido que luchar por mantener mi atención y foco para llegar al final . Me doy cuenta de que hay un punto de atención cada vez más limitado
Muy buen punto.
Y yendo un pasito más allá, hay que recalcar que hace años metimos la gamificación para recibir ese chute de dopamina con aplicaciones de gestión pura y dura, para recibir nuestra dosis de dopamina.
Y lo mismo ocurre con los LLMs cuando nos hacen la pelota en sus contestaciones. O incluso cuando nos muestran avances en tareas que les hemos pedidos, como si fueramos tachando TO-DOs.
¿Tardaremos poco en clasificar como pandemia global este "cuelgue" por culpa de los chutes de gustirrinín?