Adictivo por diseño
Que el gran frente regulatorio contra las plataformas fuese el contenido ha resultado problemático. Cuando se habla de desinformación o discurso de odio cabe preguntarse ¿y quién dictará qué es verdad? ¿cómo no acaba el control del discurso en una suerte de delito de opinión?.
Lo que hemos visto en las últimas semanas es que se está abriendo otra vía, quizá más profunda: no tanto qué ves, sino cómo te empuja la experiencia de usuario a seguir viendo. El foco, por tanto, ya no sería el vídeo concreto, sino cómo se diseña la aplicación que te lo está enseñando.
Contra Tiktok en Europa y en California
La Comisión Europea acaba de publicar sus conclusiones preliminares contra TikTok. Apunta al “diseño adictivo” y concreta los mecanismos que lo articulan: scroll infinito, autoplay, notificaciones push, recomendador hiperpersonalizado. Según Bruselas, la aplicación "recompensa constantemente" a los usuarios con nuevo contenido, alimentando la urgencia de seguir haciendo scroll y poniendo el cerebro en modo piloto automático.
Señala además que TikTok ha ignorado indicadores importantes de uso compulsivo, como el tiempo que los menores pasan en la app por la noche o la frecuencia con la que la abren. La Comisión aboga por un cambio en el diseño básico del servicio: desactivar el scroll infinito progresivamente, implementar pausas efectivas —incluidas las nocturnas— y modificar el sistema de recomendación. TikTok ha respondido que las conclusiones presentan una descripción "categóricamente falsa" de su plataforma. No estamos ante la decisión final: ahora TikTok puede defenderse. Si se confirma la infracción, la DSA permite sanciones de hasta el 6% de la facturación global y exigir esos cambios en la aplicación.
Casi en paralelo, en California se ha iniciado el primer juicio civil contra Meta (Instagram), Google (YouTube) y ByteDance (TikTok) por la demanda de K.G.M., una joven de 19 años que afirma que su adicción a estas plataformas desde los ocho años le provocó depresión e ideación suicida. Lo central del caso no es qué vídeos vio, sino si el diseño mismo de estas plataformas (de nuevo, el scroll infinito, la reproducción automática, las notificaciones, los algoritmos de recomendación) constituye un “producto defectuoso” que causa daño.
El mayor argumento defensivo de las plataformas es una vieja conocida de los litigios digitales en Estados Unidos: la Sección 230, que establece que las plataformas no son responsables legales del contenido publicado por terceros. Lo interesante aquí es que el argumento de la acusación intenta esquivarla: no apuntan a los vídeos que suben los usuarios, sino a las decisiones de diseño de las empresas.
Como discutimos hace poco, estamos en el momento tabaco del vídeo corto en internet:
Sobre la causalidad entre uso de redes sociales y crisis de salud mental
Llevo años leyendo y pensando en este tema. Por ejemplo de ¡2021! sobre cómo estas plataformas hackean nuestro ciclo dopamínico. Desde entonces hay un elemento de debate todavía no resuelto: en cuanto pronunciamos la palabra “adicción”, entramos en terreno resbaladizo. Clínicamente, “adicción” no es sólo una metáfora: exige criterios, umbrales y diagnóstico diferencial. Una cosa es el lenguaje de campaña pública (“esto engancha”), y otra el lenguaje clínico (“esto cumple criterios diagnósticos”). Hoy por hoy no existe un diagnóstico oficial de "adicción a redes sociales".
Delia Rodríguez apuntaba a un estudio publicado este mes por la Universidad de Mánchester que siguió la evolución de 25.000 niños y niñas de entre 11 y 14 años a lo largo de tres años, y concluyó que ni las redes ni los videojuegos se relacionan con el empeoramiento de su salud mental. Este informe del Oxford Internet Institute con datos de dos millones de personas en 168 países habla de asociaciones pequeñas e inconsistentes y subraya límites para inferir causalidad.
En el otro lado están las tesis de Haidt, que afirma que los smartphones han provocado una “epidemia” de trastornos mentales en jóvenes. Son suyas las recomemendaciones que están siguiendo los gobiernos (sin redes sociales hasta 16, también aboga por no teléfono móvil hasta los 14-15). Aquí una contestación argumentada.
La lectura que he ido formándome en los últimos años: los argumentos de quienes señalan que la causalidad entre uso de redes sociales y crisis de salud mental no está demostrada son convincentes. Pero la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia. Es muy probable que haya una incidencia real, en especial en una minoría vulnerable, y en particular entre adolescentes.
Por una intervención mínima no prohibicionista
Y aquí está la tensión central de todo esto en mi opinión. El escenario más probable, a la vista de la investigación disponible, es que el uso compulsivo de estas plataformas sea un gran problema para una minoría relativamente pequeña, no una epidemia que afecte a todo el mundo por igual. Para la mayoría de usuarios, lo que llamamos “adicción” probablemente sea un hábito improductivo pero manejable, dentro de sus preferencias.
La analogía con el tabaco, que tanto gusta a reguladores y abogados, tiene un problema: fumar no tiene beneficios. Las plataformas digitales sí los tienen, y muchos. Darte a conocer, ampliar tu red de contactos, acceder a información, conectar con comunidades. Y ese beneficio es más relevante cuanto más baja es tu clase social. Negar todo acceso a internet y a las plataformas a los jóvenes es aislarles de parte del mundo real en el que se tendrán que desenvolver y para el que los tenemos que preparar.
No tengo una solución, pero intuitivamente creo que por principio de precaución es razonable estudiar e intervenir incluso aunque la evidencia diste de ser concluyente, sobre todo cuando el potencial de daño es severo e irreversible y hablamos de la salud mental de niños y adolescentes.
Al mismo tiempo creo que esa intervención debe ser mínima y en los estadios más preocupantes: no prohibicionista, sí limitadora. Que estas plataformas tengan que replantear sus mecanismos conductistas es un principio: nos quedamos en la aplicación sólo si el contenido es lo suficientemente bueno.





Hola Antonio!
Soy Val de Polymatas.
Te sigo desde hace un tiempo y me encantan tus reflexiones tanto en Error500 como en Causas y Azares. Yo tengo un podcast (Polymatas) en el que trato temas similares a los que tú tratas en Causas y Azares, así que me nutro mucho de tus contenidos.
El tema de las redes sociales me preocupa desde hace años. Como tú, sigo a Haidt y su interminable búsqueda por dar con los mecanismos que según él están destruyendo la vida de muchos adolescentes (sobre todo chicas).
De vez en cuando hago charlas en Polymatas con dos o tres personas (Pablo Melchor, David Alayón, Marcos Vázquez, Sergio Parra...) sobre un tema que me interesa. Y leyendo tu post, he pensado en invitarte.
Espero que no me pase de confianzas, sé que tú conoces Polymatas porque al menos has recomendado un podcast mío hace no mucho.
Espero tu respuesta, sin ningún compromiso, por supuesto.
Saludos y gracias por tu trabajo.
Val
Buen análisis,
Muy acertada la separación del problema en dos líneas: una cosa es el contenido (parte) que lleva a la desinformación y polarización y otra es la crisis de salud mental por el uso compulsivo de las redes sociales.
Sí que creo que en ambas, las plataformas son responsables. No vale con desplegar la infraestructura y dejar que los usuarios establezcan las reglas, sobre todo, cuando los usuarios son la mercancía a monetizar vía publicidad. Ese feudo, plaza, foro, mercado o como queramos llamarlo tiene que tener unas normas férreas de comportamiento impuestas por quien lo despliega.
Que las RRSS aportan más beneficio que el tabaco discrepo... que no son lo mismo, suscribo. Si el beneficio de las redes es una socialización, ésta endeble si la comparamos con una socialización en el plano físico. Hay tensiones ligadas a esta nueva socialización entre los jóvenes: relaciones efímeras, aislamiento, soledad no deseada, acoso y toxicidad, etc.
No obstante, suscribo que, aunque no haya evidencia, "lo digital" está siendo capaz de sacar (o potenciar) el lado más oscuro de la condición humana. O al menos, ahora hay dos entornos (físico y digital) donde este se produce, cuando antes sólo había uno y pasaba más desapercibido.