Enemigos del datacenter
La tecnología de la década, probablemente del siglo, y su liderazgo penden de un equilibrio político inestable: gobierno y empresas frente a una alianza de los enemigos del datacenter.
Hay un vídeo del músico Benn Jordan con una buena producción y un desarrollo narrativo bastante apreciable. La tesis de la pieza es que los centros de datos emiten ultrasonidos inaudibles y que estos resultan ser los responsables de migrañas, insomnio y arritmias en los vecindarios cercanos.
Andy Masley lo desmonta punto por punto. Explica que el aire absorbe las frecuencias altas a los pocos metros, que las mediciones de Jordan no casan con la física, que la fisiología humana no funciona así. Es uno de esos casos en los que la proclama inicial extrema y llamativa conecta más y mejor que la corrección racionalista y aburrida. El vídeo acumula millones de reproducciones y la teoría circula ya por grupos de Facebook de comunidades pequeñas en Estados Unidos.
Que haya teorías pseudocientíficas contra los datacenters es un ingrediente extra, casi diría que consustancial al tiempo que vivimos, a un debate polarizador. Más llamativa me resulta la original formación de la coalición que se opone a su desarrollo.
Lo interesante del rechazo al datacenter es que ha conseguido lo que casi ninguna causa política logra en los Estados Unidos de 2026: unir a Steve Bannon con Alexandria Ocasio-Cortez, a Ron DeSantis con Bernie Sanders, a granjeros republicanos de Pensilvania con activistas climáticos de Maryland. NBC lo describe como un wedge issue que creará alianzas inusuales en las próximas elecciones. En Virginia, los dos candidatos a gobernador, demócrata y republicano, compiten por ver quién limita antes la construcción de nuevas instalaciones. El propio Trump, que ha convertido la carrera de la IA en pilar de su segundo mandato, acaba de firmar un compromiso voluntario con las grandes tecnológicas para que los costes no se trasladen a los consumidores, un reconocimiento de que el problema existe.
Y existe. El análisis de Bloomberg sobre decenas de miles de códigos postales encontró zonas próximas a clústeres de datacenters registrando precios mayoristas de la electricidad de hasta un 267% más que cinco años antes. La electricidad residencial se ha encarecido de forma notable en los últimos años, por encima de la inflación, y aunque hay analistas que señalan que la causa principal es el envejecimiento de la red, los datacenters son los señalados. Los centros de datos consumen ya el 5% de la electricidad estadounidense, el doble que hace una década, y la Agencia Internacional de la Energía proyecta el 10% para 2030. Sam Altman y Elon Musk han deslizado la cifra de 250 gigavatios para la IA (300 si sumamos la que se generaría en el espacio, está por ver), aproximadamente un tercio del consumo máximo de todo el país.
Hay argumentos débiles en este rechazo y argumentos fuertes, y merece la pena separarlos. Andrew Ng escribió hace poco una defensa del datacenter que apunta a uno de los argumentos más débiles: el agua. Los campos de golf estadounidenses consumen unos 500.000 millones de galones anuales para regar; los datacenters, unos 17.000 millones, apenas un 3%.
Añado que la desinformación sobre el agua y los centros de datos para inteligencia artificial ha sido difundida ampliamente por grandes medios. A veces explícitamente como mención, otras por omisión: tenemos el caso de Karen Hao y su libro “El imperio de la IA” que se ha citado ampliamente como fuente para este tema, pero que sobredimensionó el dato por un factor de 1.000 debido a una confusión de unidades. En las entrevistas promocionales que he leído en España, no recuerdo que ningún medio le planteara esa cuestión. El agua es el argumento que circula porque es visualmente potente con la imagen de las torres de refrigeración humeando, no porque sea correcto. Lo mismo con los ultrasonidos, hay una tendencia a “comprar el argumento” porque se parte de una posición anti-IA.
En la parte del “coste por consulta a ChatGPT” tenemos una situación similar. Partiendo de análisis aproximados de modelos de hace muchos años, circulan cifras exageradas. Con centros de datos modernos y chatbots actuales, tenemos que una consulta a Gemini genera menos CO₂ que ver nueve segundos de streaming de vídeo.
Eso no quita para que el coste eléctrico, agregado, sea un argumento con una base real, material. El modelo emergente Bring Your Own Power, donde las tecnológicas construyen sus propias plantas de gas o nucleares junto a sus instalaciones porque la red no puede seguir el ritmo, es la muestra de que la energía se está convirtiendo en el cuello de botella de la inteligencia artificial.
Sería un error caricaturizar el rechazo local a un datacenter cercano como desinformación. De hecho, creo tiene una base bastante racional. Al igual que con los grandes parques solares o eólicos, la comunidad que se posiciona como nimby (no en mi pueblo) en ocasiones argumenta desde teorías conspirativas o descabelladas. Pero hay una base lógica en su oposición, como discutí en alguna ocasión en la Causas y Azares respecto a las renovables: los ciudadanos contemplan que cargan con los perjuicios (expropiaciones, impacto paisajístico, encarecimiento eléctrico en el caso del centro de datos), mientras que los beneficios son claramente para otros.
En 2025 hubo una explosión legislativa: según el recuento, se introdujeron 151 proyectos de ley en 31 estados; otros balances elevan la cifra a más de 200 o 267 iniciativas, y más de 40 acabaron convirtiéndose en ley. Monterey Park, en California, acaba de convertirse en la primera ciudad del estado en prohibir cualquier centro de datos dentro de sus límites municipales. Madison, Wisconsin, votó una moratoria de un año. No es un fenómeno exclusivo de Estados Unidos, cuando Bytedance ha propuesto un gran datacenter en Brasil también se ha encontrado oposición.
Se trata de una lucha política de primer orden con un impacto real: el 47% de los proyectos previstos para 2026 sufrirán retrasos o cancelaciones, OpenAI acaba de paralizar Stargate en el Reino Unido citando “costes energéticos y condiciones regulatorias”, la expansión del cómputo estadounidense depende de una cadena de suministro eléctrica muy tensionada y sigue recurriendo a importaciones, incluidas las china.
Todo ello en un momento en el que los grandes laboratorios de inteligencia artificial están dejando atrás la narrativa de la burbuja y apuntan a que la demanda de tokens es mayor de la que son capaces de satisfacer.
La tecnología de la década, probablemente del siglo, y su liderazgo penden de un equilibrio político inestable, al menos en Estados Unidos: una fuerza empresarial y del gobierno central que lo quieren impulsar, unas comunidades locales con incentivos y mecanismos para oponerse y una opinión pública en disputa… pero tendente a quedar a la contra.
No quedará mucho para que alguien invoque que el modelo de China, más autoritario y con mayor apoyo de la población al desarrollo de la IA, tiene, en este caso, sus ventajas.




