El podcast mató el libro largo de no ficción para hombres maduros
Tengo la teoría de que el coste de oportunidad es una excelente explicación para muchos fenómenos cambiantes en nuestra sociedad. Y la bajada del libro ensayo de autoayuda es uno de ellos.
Es de agradecer la transparencia de Tim Ferriss. Ha hecho algo que casi ningún autor de éxito se permite: en un texto reciente abre su contabilidad y enseña los números de ventas de sus cinco libros, todos superventas, todos números uno en su día.
Resulta llamativo que, durante años, la producción editorial de Ferriss se pareciera mucho a una renta vitalicia estable y predecible. Pero, en los últimos tiempos, la secuencia es la de un negocio que acelera su caída: una bajada moderada del 5% en 2023, del 13% en 2024 y del 46% en 2025, con un ritmo de descenso del 57% en lo que va de 2026. Si la cadencia se mantiene, su catálogo venderá en papel alrededor de un 80% menos que en 2022. No sólo le está sucediendo a él. En el primer trimestre de 2026 la no ficción adulta cayó un 9% en Estados Unidos, pero la subcategoría de autoayuda se hundió un 26,3% interanual.
Ferriss apunta a que casi todo el desplome coincide con la irrupción masiva de los chatbots y y que habría que culpar a esa correlación y no tanto al efecto sustitutivo que pueden tener podcasts y vídeos largos de Youtube. Yo tiendo a estar en desacuerdo, pero conviene examinar la tesis del escritor. Muchos de sus libros, sostiene, funcionaban como tablas de consulta, menús de “elige tu propia aventura” o árboles de decisión: cómo perder grasa, cómo dormir mejor, cómo ganar músculo, cómo automatizar ingresos. En 2019 la mejor manera de encontrar respuestas para esas preguntas era un libro. En 2026 mucha gente cree que la mejor interfaz es un chatbot que ha leído esos libros y miles más, y que le devuelve un protocolo personalizado en quince segundos. Si el valor del libro era “dame los pasos”, la IA lo mejora y, sobre todo, lo desintermedia.
El creciente coste de oportunidad en nuestra sociedad
Mi sospecha es que Ferriss tiende a creer esto porque es una respuesta que le sigue situando en el rol de verdadero emisor y prescriptor, subrayando una relación parasitaria de las empresas de inteligencia artificial con respecto a los creadores. Creo que el titular más justo es otro: el podcast mató el libro largo de no ficción para hombres maduros. Y lo ha conseguido gracias al formato hegemónico de nuestro tiempo digital: el clip corto de 20-30 segundos. Y es que estos shorts, reels o tik toks se nos muestran los consejos y prescripciones primero por la serendipia del algoritmo de recomendación sin tener que buscarlos y luego como confirmación de nuestro interés.
Mirando los números de algunos creadores en estas temáticas, el desplazamiento parece muy claro. No hablo, por supuesto, de todos los lectores ni de todos los libros. Me refiero a ese tipo de ensayo que un señor de cuarenta y tantos, con trabajo, hijos, gimnasio intermitente, hipoteca, ansiedad de rendimiento y cierta nostalgia de ser más disciplinado, compraba para ordenarse la vida. Ese libro de productividad, salud, longevidad, inversión, historia, psicología evolutiva, hábitos, liderazgo o de grandes teoría sobre “cómo entender el mundo”. La no ficción prescriptiva, pero también la no ficción conversacional para sentirse más listo e informado. Y, perdonen las lectoras aficionadas al género, pero he tendido a hablar de hombres porque, en ese nicho concreto, parecen ser una mayoría abrumadora.
¿Por qué la deserción? Mal que nos pese a los militantes de la lectura, hay motivos racionales que no se explican sólo con los teléfonos ni porque la gente haya perdido nivel intelectual: las alternativas al libro se han vuelto más atractivas y el coste de oportunidad se ha disparado. De hecho, tengo la teoría de que el coste de oportunidad es una excelente explicación para muchos fenómenos cambiantes en nuestra sociedad: desde tener menos hijos a por qué cocinamos menos veces y menos tiempo que nuestros abuelos. Hay demasiadas alternativas interesantes como para no sentir que nos estamos perdiendo algo.
Cada libro compite con listas de correo, papers comentados en plataformas, podcasts, vídeos, foros especializados y ahora conversaciones con inteligencia artificial. Desde un punto de vista de la eficiencia, desde luego no es evidente que dedicar diez horas de media a un libro sea siempre una decisión intelectualmente superior. De hecho, nunca en mi vida he leído a tanta gente comentar ensayos señalando que les sobraban decenas, cuando no centenas, de páginas. No creo que sea tanto que ahora hay más relleno como que somos mucho más conscientes de que hay un coste de oportunidad.
De diez horas a una hora a 30 segundos
Un dato que preocupa también a Ferriss no va tanto de libros como de vídeos cortos. Cuenta que buena parte de los clips de su pódcast han alcanzado entre cincuenta y cien millones de visualizaciones, y que eso se ha traducido en prácticamente cero descargas de los episodios completos, donde, para él, está la profundidad que importa. De ahí su giro, prefiere escribir para diez mil personas que de verdad cambian antes que crear vídeos para diez millones que lo olvidan en minutos. Aquí enlazo con algo que vengo rumiando en “Un Ozempic para mi atención”: el vídeo corto se está comportando como el estado atractor de todos los medios, el punto al que todo tiende, la televisión, el pódcast, incluso la lectura, colapsando hacia el formato más adictivo. Algo que sugeriría a Ferriss y al resto de escritores del género es que el libro sigue teniendo un valor diferencial, está estructurado, tiene un hilo, puede profundizar más en los porqués que en los qués y aísla de notificaciones e interrupciones. ¡Sigue siendo un productazo precisamente por sus restricciones!
Llegados aquí, toca la pregunta difícil como lector, la que he tratado en Lo que perdemos cuando dejamos de leer libros largos y en Si los libros se están volviendo más estúpidos.
Sigo convencido de que la capacidad de concentrarse ochenta páginas seguidas en un único tema, sin distracciones, será un diferencial en cómo nos desenvolvamos. Al mismo tiempo, todo este asunto me ha recordado el debate que suscitó María Pombo en España al declarar no sentirse acomplejada por no leer. Kiko Llaneras abordó el asunto en un hilo en X, defendiendo que hay ingenieros brillantes que no leen por placer y piensan con un rigor enorme, escriben matemáticas, hacen esquemas, razonan en n dimensiones. Creo que muestra también nuestra relación generacional con el libro, que llega a un punto sentimental: somos los que somos porque leímos mucho.
Y está mi propia objeción, que mantengo: convertir la lectura en un gimnasio cerebral, en una verdura que hay que comerse o en unas pesas que levantar por mantenerse saludable, me parece una derrota intelectual, la sumisión a la lógica de la autoayuda.
Acabo este artículo con más preguntas que respuestas. Creo que estamos viviendo una cierta vuelta a la oralidad al mismo tiempo que es la mejor era para acceder al conocimiento. Si veo un riesgo no es el de leer menos libros prácticos y sustituirlos por podcasts, sino por vídeos muy cortos efectistas y simplificadores. Me alegra que la exigencia del valor que ofrece un libro para dedircarle muchas horas haya subida, pero ante todo me mantengo lector de ensayo, uno que charla con la IA sobre el libro que está leyendo.
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