Anthropic es el cohete económico de este siglo pero está la sombra del tokenmaxxing.
Anthropic factura como ninguna empresa lo había hecho jamás, pero el ruido sobre los excesos de la IA agéntica amenaza con confundir el síntoma con la enfermedad.
Amazon montó hace poco un marcador interno, el Kirorank, que puntuaba a sus ingenieros según cuánta inteligencia artificial consumían. El resultado fue el previsible: gente asignando agentes autónomos a tareas inútiles solo para escalar puestos en la tabla. La compañía ha retirado el tablero y su vicepresidente ha tenido que pedir a la plantilla que no use la IA “por usarla”.
Si queríamos una parábola para explicar el tokenmaxxing en artículos y conferencias, ya la tenemos: quemar el máximo de tokens posible, a ser posible de forma competitiva, como prueba de que uno no se va a quedar atrás en el cambio.
He querido empezar el artículo por ahí porque la que me resulta la noticia del año está en el polo opuesto del entusiasmo con la inteligencia artificial. Me refiero al cohete económico excepcional y único en la historia que resulta ser Anthropic: cerró su Serie H con una valoración de 965.000 millones de dólares post-money (tres cuartas partes de todo el IBEX) y un run-rate que cruzó los 47.000 millones cuando a finales de 2025 rondaba los 9.000. La proyección para el segundo apunta a más que duplicar ingresos hasta 10.900 millones y, por primera vez, conseguir un beneficio operativo de unos 559 millones. No conozco (y Jim VandeHei tampoco) ninguna empresa que haya escalado ingresos orgánicos a esta velocidad: ni en tecnología, ni en el petróleo, ni en la fabricación de armas al empezar una guerra mundial.
Lo escribí hace poco en ‘Debí construir más datacenters’: cuando uno une los puntos de las cuentas de la empresa que han ido trascendiendo no aparece una economía de burbuja; aparece casi lo contrario. Cada cliente de Anthropic ya generaría más de lo que cuesta servirle, aunque la empresa siga en pérdidas globales porque los costes fijos y de estructura todavía superan ese margen total. La compañía dirigida por Dario Amodei tira de chips de Google y Amazon más baratos que los de Nvidia, no tiene que subvencionar a cientos de millones de usuarios gratuitos y, sobre todo, no es capaz de satisfacer la demanda: tuvo que limitar cuotas y firmar con SpaceX 1.250 millones de dólares al mes.
Y aun así, la conversación sobre inteligencia artificial se vuelve a mover entre las extraordinarias expectativas que traen esos números y las historias de fallos, excesos y fracasos que se ponen sobre la mesa para anticipar un estallido de la burbuja.
El caso más discutido es el de Uber. Yo mismo me hacía eco de que empezaron por reconocer que su gasto agotó en cuatro meses el presupuesto de IA para programación de todo 2026. Miles de ingenieros usando Claude Code, generando más código que nunca; que luego su propio COO admita que ese gasto empieza a ser difícil de justificar ha alimentado miles de posts y artículos. El combo lo completan la noticia de que Microsoft canceló buena parte de sus licencias de Claude Code y que un consultor le contó a Axios que un cliente se fundió quinientos millones de dólares en un solo mes por no poner límites de uso precisamente a los agentes IA de Anthropic.
¿Están exagerados estos relatos? ¿Son la excepción? ¿O acaso estamos ante el síntoma temprano de que nos hemos vuelto locos con el tokenmaxxing? Simon Willison ha entrado al detalle y tiene algunos puntos: el presupuesto de Uber se fijó en 2025, cuando Claude Code aún no había conseguido el nivel actual. Lo de Microsoft huele más a cierre de año fiscal y a forzar el uso de su propia herramienta que a desastre.
Creo que en el fenómeno del tokenmaxxing conviene distinguir tres elementos.
Por mi parte, he defendido que en grandes empresas como Amazon o Meta no es irracional implantarlo durante un tiempo. Eso no significa que el tokenmaxxing sea inteligente en casi ninguna situación, claro. Pero entiendo la motivación inicial: cuando te sobra el dinero, pero tu organización es burocrática y conservadora, premiar el consumo provoca un shock útil: gente que jamás habría probado a programar con agentes lo intenta, se ensayan casos de uso improbables, se lleva la herramienta nuevo al límite.
Luego, ciertamente, hay una suerte de fiebre del oro y de comportamiento memético. Tantos mensajes constantes de avances de IA, de desarrolladores y empresas adoptándolos, de que es el futuro y corres el riesgo de quedarte atrás. Subrayaría que la del desarrollo sotware y producto digital es una cultura anclada en el concepto de la disrupción: alguien vendrá desde un nuevo paradigma que te derrocará. Y quienes abrazan primero lo nuevo a veces reciben un premio excepcional.
Y luego siempre llega una fase racional, que es en la que sospecho empezamos a entrar. El ROI, obviamente, no viene de cuántos tokens quemas. Vino, y vendrá, de optimizar el producto, de mejores márgenes, más retención, funcionalidades difíciles de copiar, posibilidad de entrar en nuevos mercados. En el último episodio de monos estocásticos defiendo que en Uber no había grandes retornos esperando a ser desbloqueados solo por producir más código: la gente lista de dentro ya habría ido a por las funcionalidades de mayor retorno a priori, y a partir de ahí los rendimientos decrecen.
Creo que ambas posturas pueden ser ciertas a la vez. Los números de Anthropic tienen la virtud de informarnos de (casi) todo el mercado de los agentes de inteligencia artificial, en ese sentido reflejan mucho mejor la realidad que las historias y narrativas de fracasos que tienen más éxito editorial y en redes; ahora bien, tras la fiebre del oro de estos meses con la IA agéntica se viene una etapa más racional y madura, las empresas que estos meses tiraron mil semillas a ver cuál florecía empezarán a enfocar, a medir de verdad una productividad que apenas sabemos cuantificar en la era agéntica, y a buscar ahorros.
Menos tokenmaxxing y más despliegues normales, medidos y orientados a que las ganancias de productividad de la IA se materialicen realmente en las métricas de alto nivel de las empresas. Nadie dijo que la token economy fuese a ser fácil.



