Lo que la Unión Europea puede aprender de Mike Tyson sobre inteligencia artificial
El plan de la Unión Europea: Baja tolerancia al riesgo de que la innovación tecnológica afectara al statu quo, reforzar la legislación para evitar que ocurra, prioridad al mínimo impacto ambiental.
“Todo el mundo tiene un plan hasta que recibe el primer puñetazo”. Mike Tyson, cita adaptada.
Si lo pensamos desde la inteligencia artificial y la Unión Europea, sospecho que con el tiempo seremos capaces de calibrar mejor cuál fue ese primer golpe. Podríamos elegir el anuncio de Mythos que puso patas arriba el mundo de la ciberseguridad; o tal vez el momento en que el gobierno estadounidense decide que ningún extranjero puede acceder a la nueva generación de modelos de Anthropic, con la empresa retirando el acceso a ambos para todos.
Ante las capacidades de Mythos, la Unión Europea afrontaba un momento delicado: si otros países y organizaciones tienen acceso, pero las empresas y Estados europeos no, el peligro potencial era enorme. A eso se añade otro factor delicado: no sabemos cuánto tiempo tardará China en tener un producto de su capacidad.
Con la decisión de la administración Trump de que por seguridad nacional ningún extranjero puede acceder a modelos de esa clase, incluido Fable, tenemos la constatación clara, rotunda e ineludible de que somos absolutamente dependientes de Estados Unidos en la tecnología clave de este siglo.
No podemos decir que la Unión Europea careciera de un plan. Por aquí hemos discutido nuestra gran iniciativa regulatoria, de cómo China fue mucho más consciente de su momento Sputnik y de las tres estrategias globales de búsqueda de la AGI: “[..] la postura europea es más proteccionista del status quo, más tendente a intentar evitar los escenarios extremos: en el plan y el discurso público, los negativos potenciales a los que la IA nos podría llevar; de facto, también los más positivos.”
Me gusta volver sobre esta pieza de Marietje Schaake en el Financial Times como ejemplo de las ideas que maneja la élite intelectual a la que los políticos y la Comisión Europea tienden a escuchar. Su frase estrella, llevada al titular, era: “La cuestión no es si la burbuja de la IA estallará, sino si Europa sabrá aprovechar el momento cuando eso ocurra.”
Schaake decía que el modelo estadounidense de IA hyperescalar no es inevitable, sino producto de una cultura concreta: tolerancia alta al riesgo, regulación laxa, poco cuidado por los daños ambientales y primacía del crecimiento. Frente a eso, sostenía que la UE debía apostar por confianza, seguridad, excelencia sectorial y responsabilidad democrática.
Ese básicamente ha sido el plan de la Unión Europea. Baja tolerancia al riesgo de que la innovación tecnológica afectara al statu quo, reforzar la legislación para evitar que ocurra, prioridad al mínimo impacto ambiental y dejar el crecimiento económico y la mejora de la productividad en un segundo plano. Hubo voces a la contra hace dos años, lideradas por el informe Draghi, que abrió una fase de titubeos sobre la velocidad y profundidad de la legislación y sobre si la Unión Europea debería competir tecnológicamente.
Recibir un puñetazo de Mike Tyson, a buen seguro, invitaba a un cierto pragmatismo a sus oponentes, quizás menos dispuestos entonces a ceñirse a su plan preconcebido por bien pensado que estuviese. En la Unión Europea es posible que lleguemos a concluir que nuestra influencia depende de nuestra riqueza, de que la soberanía digital no aparece sólo por repetirla mucho y que si en la tecnología clave del siglo XX fueron los chips quedamos en un papel secundario, en la del XXI, que es la inteligencia artificial, corremos el riesgo de ni aparecer en el mapa.
Habrá quien niegue siquiera que hayamos recibido un golpe, pero enviemos delegaciones a pedir que, por favor, nos dejen acceder a los grandes modelos de IA de Estados Unidos, parece razonable que deberíamos tener un plan más allá de empujar la ley que prácticamente nos impide competir en ellos dentro de Europa.




