El momento contra las gafas conectadas con IA que graban es ahora.
El futuro dista mucho de estar determinado. Qué pacto social tenemos respecto a la privacidad lo estamos construyendo y debatiendo en estos momento.
En octubre de 2024 escribí que las gafas conectadas podían llegar «primero poco a poco y al final de repente». Creo que algunos puntos de aquel análisis continúan siendo valiosos, aunque, al releerme en 2026, no puedo sino concluir que quedó incompleto, que hay mucho más que debatir en ese «de repente».
Sigue siendo cierto que las gafas conectadas que graban están todavía en fase de early adopters pero también que ya tienen su propia iconografía del abuso: vídeos de supuestos pickup artists abordando a mujeres en gimnasios, bromas a camareros y ancianos buscando la reacción humillante, y el apodo de «gafas de pervertido» que Meta intentará quitarse de encima. A diferencia de otras irrupciones de nuevas tecnología, resulta característico de nuestra sociedad informativa que lo extremo sea mucho más visible desde el primer día que el uso medio y sus posibles beneficios.
Pero sería un error despachar la polémica como ruido de redes. El problema es este: las gafas que graban trasladan la responsabilidad de detectar la grabación a quien está siendo grabado, que tiene que saber qué son, dónde está la cámara y cómo funciona su piloto de aviso. Es más, quien las lleva se queda con todas las ventajas; el riesgo de pérdida de privacidad es para los demás. La AEPD lo abordaba este julio: la imagen y la voz de una persona identificable son datos personales, no se puede captar a terceros de forma indiscriminada y la responsabilidad recae en quien usa el dispositivo.
Meta ha elegido gestionarlo a su manera clásica: romper cosas y explorar dónde está el límite. Por un lado, la compañía prepara “Name Tag”, reconocimiento facial para identificar a otras personas automáticamente: opcional para quien lleva las gafas, no para quien es escaneado. Por otro, Instagram ha desactivado cuentas con millones de seguidores dedicadas a pseudoligues y bromas grabadas con las gafas, pero sin publicar una política específica: no sabemos cuándo una aproximación no consentida se convierte en acoso ni cómo pedirá alguien la retirada de un vídeo en el que aparece. Además, Meta añadió una actualización a sus gafas que bloquea la cámara si se tapa el piloto, medida que es la prueba de que ellos mismos creen que es un dispositivo que requiere del máximo control respecto a su dueño.
Apple se piensa si jugarse su posicionamiento pro privacidad.
Apple, mientras, se lo piensa. Según Gurman, retrasa sus primeras gafas “normales” hasta pulir tanto el producto como el mensaje. Internamente, en la compía han llegado a debatir unas gafas sin cámara, o con una cámara que reconoce el entorno para que la inteligencia artificial pueda añadirlo al contexto de la conversación, pero que no dejaría hacer fotos. Ambas opciones reflejan el dilema para la compañía: sin cámara o sin capacidad de grabación el dispositivo perdería atractivo (se quedaría en hablar con Siri, en Europa ni eso); con cámara y capacidad de hacer fotos , Apple se juega una década construyendo reputación de privacidad, cada vez más difícil de mantener en la era de la IA.
Es algo que discutimos en el último episodio de monos estocásticos:
No todo lo que abrazan los usuarios innovadores acaba siendo un éxito. Brian L. Due predijo que el futuro de las gafas inteligentes dependería de combinar masa crítica y aceptación social, con el “efecto Walkman” como precedente: llevar auriculares también fueron una conducta antisocial hasta que dejó de serlo. Para Due estamos en una fase de negociación de nuevas reglas sociales: una mayor presencia de las gafas puede reducir el extrañamiento y generar convenciones sobre cuándo y cómo utilizarlas.
El estudio australiano más cercano a esa dinámica encontró que el 95,6% de los propietarios de gafas conectadas conocía a otro propietario, frente al 17,2% de los no propietarios. Se trataría, pues, de una difusión por clústeres que se juega en el debate social el llegar a una masa crítica: es más probable que las aceptes si las usa gente de tu entorno. Los dueños las asocian a identidad y estatus; los demás, a pérdida de privacidad.
Llevamos tiempo apuntando a que Zuckerberg desde luego acertó con el diseño de las Ray-Ban Meta. Al hacerlas indistinguibles de unas gafas normales conseguía rebajar el coste social para el comprador, pero a costa de aumentar la incertidumbre de todos los presentes a su alrededor. Es decir, tenemos que el mismo rasgo acelera a la vez la difusión y la creciente oposición. Por otro lado, es posible que una versión de gafas de Apple que traigan muy atado lo de grabar a otros allane el camino de la aceptación social.
Ahora es cuando se está negociando qué pacto social tenemos respecto a la privacidad.
Todavía no existe una masa crítica de usuarios capaz de formar un nuevo contrato social de la privacidad. Los carteles satíricos de activistas sobre los anuncios de Meta, las apps que detectan gafas cercanas por Bluetooth o las recomendaciones de la AEPD son intentos de impedir que la normalización llegue antes que las reglas. Es el mismo debate que abrió Google Glass: la historia se repite, pero esta vez con un producto que ya no parece un prototipo en la cara de nadie, que ofrece ventajas claras para sus portadores y con un empuje comercial mucho mayor.
Repensando mi tesis de hace dos años, implícita en el titular sobre los que nunca iban a tener móvil, de que la posible adopción iría primero poco a poco y al final de repente, creo que conviene añadir que el futuro dista mucho de estar determinado y que lo estamos construyendo y debatiendo ahora. Cada vez que a alguien con las gafas conectadas se le afee el hecho, que se cren entornos en los que no se permita o que se sancione a quienes usan la asimetría para publicar vídeos que dejan mal a terceros, es un paso más para negociar qué pacto social tenemos respecto a la privacidad.
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Imágenes: Antonio Ortiz con Magnific.




