Diez por ciento de aura
De escritores que son productivos y exitosos con inteligencia artificial. Y sobre cuánto aura necesitamos para que siga teniendo valor una creación.
Jaime Novoa lleva una década publicando Dealflow, una lista de correo sobre el ecosistema español de startups que hoy tiene 15.000 suscriptores.
Jaime, además, ha experimentado y adoptado más inteligencia artificial en su proyecto paralelo que casi cualquier profesional de los medios de comunicación que yo conozca. Explica que durante los primeros años de Dealflow el proceso era artesanal: buscar noticias, leerlas, resumirlas, ordenarlas, darles contexto. Desde hace dos, Novoa ya no escribe los resúmenes. Ahora, con Claude Code, tiene un sistema completo: una extensión de Chrome que captura el texto de las noticias, un agente que las resume automáticamente, y un script que genera el HTML listo para copiar y pegar en Substack. Viene a suponer el 90% del trabajo de la newsletter.
Jaime es muy honesto sobre lo que queda de su intervención: seleccionar las noticias y fuentes y añadir contexto propio al final, ese conocimiento de primera mano sobre una empresa, un fundador o una operación. Lo llama "el 10% inicial y final del proceso", y afirma que ahí está el valor.
La IA que escribía novelas de amor
En otro extremo del espectro editorial, el New York Times publicaba la semana pasada un reportaje sobre la escritora Coral Hart, que utiliza IA para producir novelas románticas a velocidad de crucero: más de 200 libros autoeditados en un año bajo 21 seudónimos distintos, unas 50.000 copias vendidas, ingresos de seis cifras. Hart ya era prolífica antes (publicaba entre 10 y 12 libros al año) pero ahora un sistema de IA con instrucciones y un esquema le genera una novela completa en 45 minutos.
Su trabajo ha mutado: ya no es tanto escribir como planificar, diseñar prompts, seleccionar lo que funciona y reescribir las partes donde la IA falla. Y la IA falla bastante, explica, en algo nuclear en la novela romántica: las escenas sexuales. Le salen mecánicas, la tensión emocional es apagada, los chatbots saltan al clímax narrativo sin los preliminares que la escritora considera adecuados.
Y luego está el caso de Victoriano Izquierdo, con su columna generada por Claude al estilo de “los que escriben bonito” en las cabeceras españolas. Como él mismo reconoce: “è solo un trucco”. Aunque la pieza creo que le salió a la IA muy plana, lo que sí han conseguido Victoriano y ella es un gran tuit.
Un amplificador de desigualdad creativa
No son casos anecdóticos. Ante la imposibilidad de saber realmente qué porcentaje de humano y cuánto de IA hay en lo que nos cruzamos en medios, plataformas y libros, este estudio del NBER sobre el impacto de los LLMs en la industria editorial puede ilustrar la situación. Muestra que entre 2022 y 2025 el número de nuevos libros para Amazon Kindle se triplicó mensualmente. En algunas categorías (como viajes) llegó a multiplicarse por diez.
El estudio desarrolla una medida de calidad que apunta a que los autores que debutaron antes de la era de los grandes modelos de lenguaje tienden a producir obras mejores que antes mientras que los nuevos autores que aparecen tras la salida de ChatGPT producen predominantemente obras peores. Es decir: la IA está funcionando como un amplificador de desigualdad creativa. Quienes ya tenían criterio, voz y oficio producen más y mejor. Quienes entran sin eso producen más cantidad de peor calidad.
Pero no he acabado del todo convencido. La calidad de los libros se mide en el estudio con las valoraciones de los lectores, algo práctico para cuantificar y comparar, pero que, en realidad, lo que registra es la satisfacción de los clientes. No se mide la originalidad, la aportación de un valor profundo, el hallazgo expresivo de una fórmula artística adecuada, el nivel del estilo literario. O siquiera la variable que tengo más en cuenta cuando leo una novela: cuánto de viva está esa literatura.
Qué protege entonces a los creadores que usan IA de ser sustituibles
Leyendo a Novoa o a Coral Hart nos imagino a todos a la búsqueda del 10% que no puede hacer la inteligencia artificial. Que nos distinga del slop y nos diferencie hasta el punto de que se nos pueda seguir considerando los autores.
¿Qué protege entonces a los creadores que usan IA de ser sustituibles? Es tentador responder que la marca personal, la conexión con la audiencia, la confianza acumulada. Y es cierto, hasta cierto punto. Me gusta pensar que el valor último que un creador humano puede ofrecer (lo que realmente no es computable y automatizable) no es la técnica, ni la velocidad, ni siquiera el criterio editorial en abstracto. Es la voluntad de crear que nace de un estar en el mundo. Es haber vivido y querer contar algo.
“¿Por qué deberíamos pagar por algo que ni siquiera te molestaste en escribir?”, citan en el reportaje del NYT. Me suena, de hecho, a algo que yo también he pensado. Quizá la respuesta es que muchos lectores no van a notar la diferencia. Quizá, como dice en el reportaje la editora de Future Fiction Press, “si ocultas que hay IA, se vende perfectamente”. Quizá, al final, como ella afirma, “a los lectores no les importará”.
He vuelto a Benjamin y su tesis de hace casi un siglo de que la reproducción mecánica destruía el aura de la obra, esa cualidad irrepetible ligada a su existencia única en un tiempo y un lugar, a su creador y su historia. Pero lo que ocurre con la inteligencia artificial va un paso más allá de lo que diagnosticó el filósofo. La reproducción mecánica copiaba obras que ya existían. La IA genera obras nuevas que nacen sin aura desde el origen. No es que se pierda el aura al reproducir: es que el proceso de creación mismo ya no la produce.
Si Benjamin tenía razón y el valor diferencial de la obra estaba en su aura, en la autenticidad de haber sido creada por alguien, en algún lugar, con una intención irrepetible, entonces lo que Hart, Novoa y todos los demás estamos haciendo al buscar y preservar el 10% humano es exactamente intentar conservar ese residuo de aura en un proceso que apunta a convertirse en industrial.
Olvídense, con un 10% de aura no basta
Para la newsletter de Novoa, el valor nunca estuvo en la prosa. Se lee Dealflow por las noticias que incluye y el contexto que aporta. Es un producto informativo, utilitario. Lo que tiene es criterio curatorial. El 10% debe ser lo que necesita Jaime para que su lista de correo no sea el informe replicable que nos da un agente de IA al que le encargamos la tarea recurrente.
En el caso de Hart yo mismo me preguntaba: ¿son estas historias picantes la narrativa más adecuada para que la inteligencia artificial ayude a escribir ficción?. En tanto en cuanto se basa en fórmulas narrativas predecibles, sus tropos serían fácilmente imitables por chatbots y, probablemente, no afronta una enorme exigencia artística de los lectores. Si fuese ella me preguntaría, ¿hasta cuándo me va a necesitar Amazon Kindle?.
Y luego está la columna de opinión o la poesía o la literatura, ¿cómo no querer creer que en ellas no habrá una industria automatizada que nos contente? ¿cómo no concluir en esta pieza proclamando que la IA apenas imitará superficialmente la mirada, el estilo íntimo, la voz y la chispa humana artística? ¿cómo no acabar diciendo “olvídense, con un 10% de aura no basta”? Es algo de lo que estoy convencido pero, como Benjamin, yo soy un hombre del siglo XX.






Me ha gustado mucho. Es de los textos que te hacen reflexionar.