El capital simbólico digital de bailar en La Casita de Bad Bunny
Donde antes había trabajadores para que disfrutara el público, ahora hay famosos con alto capital simbólico digital que lo agrandan porque millones vamos a compartir.
Hay un librito delicioso, maravilloso, de los años 60: “El arte del flamenco”, de Pohren, que sirve como una suerte de viaje en el tiempo. El autor, estadounidense, tiene la virtud de ser un explorador - como lo somos nosotros, lectores contemporáneos - de un flamenco preinstitucional, nocturno, de raza y de juerga.
No rescato el libro de como un alegato a favor de la pureza (contra ella me vacunó mi tío Chelu) sino porque en sus crónicas el flamenco que retrata no vive fuera de las jerarquías sociales sino que imbricado en ellas. Los señoritos y aficionados con dinero forman parte del ecosistema: pagan fiestas, contratan artistas, abren casas, sostienen juergas, ejercen de mediadores entre artistas pobres y públicos con posibles.
Me he acordado del mundo que contó y fotografió Pohren al ver los vídeos de los conciertos de Bad Bunny y su concepto de “La Casita”. Si hace décadas, en un tablao flamenco, quien pertenece a la clase baja canta, baila, hace palmas o cuenta chistes o toca la guitarra para que quien pertenece a la clase alta lo disfrute, le aplauda y tenga su esparcimiento y rato de ocio, ahora me aparecía en el móvil la imagen de lo contrario.
Leyendo sobre el tema (Canal 26, El Diario) entiendo que esta “Casita” se plantea como réplica de una vivienda tradicional puertorriqueña. Cumpliría dos registros artísticos simultáneos: la intimidad dentro del concierto en la que interpretar versiones acústicas; la afirmación identitaria puertorriqueña como valor fundamental frente al éxito global.
Pero lo que a mí me interesa es cómo puebla el artista este escenario dentro del escenario. En el show se producen apariciones sorpresa de otros artistas y famosos, de Penélope Cruz y Javier Bardem a Pedro Pascal, Karol G y Jessica Alba en Estados Unidos; en los conciertos de España hemos visto a Ibai Llanos, Lola Lolita, Ester Expósito, decenas de futbolistas y hasta Marta Ortega (presidenta de Inditex).
¿Cómo se ha producido esta subversión? Mi respuesta tiende a ser, como con otros muchos casos, a nuestro vivir en internet. Y, añado, dado que estoy en mi año de leer a Bourdieu, no hemos conseguido entender del todo la alteración que está produciendo el internet actual al orden de clases que diagnosticaba el sociólogo.
Mi tesis es que estas figuras que ya son famosas no quieren estar entre el público, que en los espectáculos de masas es incapaz de escapar de su condición de clase por muchas stories del concierto que suba. Incluso las entradas VIP ya apenas funcionan como una distinción. Para Ester Expósito o Lamine Yamal, aparecer bailando y cantando aumenta el capital simbólico digital.
Lo que muestra Bad Bunny es que, al conseguir construir la participación en ‘la casita’ como un privilegio, a cierto nivel de exposición memética, los famosos compiten por estar bailando junto a él. El público así asumiría la condición de la clase cultural baja, la que no puede competir en repercusión y alcance mimético con quienes están en el escenario. Esto funciona en tanto en cuanto la prensa, los medios digitales y las redes sociales señalen a estos famosos, los mencionen y aumenten su capital simbólico digital, que es también un capital mimético y mediado por algoritmos.
Al compartir el vídeo en X, quizás fui algo ligero. Bad Bunny ciertamente aumenta el poder memético de sus conciertos, ya no es sólo "mira, estoy en el concierto de Benito" es "mira además estos famosos que aparecen, es un momento único y yo lo estoy contemplando".
Creo que sí acierto al decir que aumenta su capital social: te deben una miles de ricos y celebrities que suben durante toda la gira, algunos de ellos, además, patrocinan. Donde quizá me equivoco es al pensar que esto podría ser una fuente de ingresos: acabar cobrando a gente que quiera aspirar a aumentar su capital simbólico digital por bailar en La Casita.
Esto, a todas luces, sería un error. Si es listo, no le pondrá precio porque la deuda de la millonaria, el futbolista y la actriz famosa queda ahora indeterminada. Es impagable porque depende del capital social y del capital simbólico en internet, es decir, de una cierta fama y atracción mimética previas. Como siempre con las clases altas, cuanto más tienes (millones de seguidores, aparición en prensa, presencia donde hay que estar y con quien hay que estar) más consigues: Bad Bunny te saca en La Casita y como en la parábola de los talentos, consigues doblar el patrimonio (social, simbólico).
Llevamos años observando cómo el habitus de clase transmuta al digitalizarse nuestras vidas. No basta con poseer capital, hay que saber convertirlo en señales digitales de vida deseable, cosmopolitismo, cuerpo cuidado, ocio escaso, viajes, autenticidad (fingida, falsa) elegante (como muestra de gusto de clase) y redes de acceso (con quien aparezco y hago colabos).
Bad Bunny ha creado una nueva escasez acorde a los tiempos en que vivimos, propia de auténticos ricos de clase alta digital: no se puede pagar sólo con dinero, tienes que tener la fama y los contactos para acceder. Donde antes había trabajadores para que disfrutara el público, ahora hay famosos con alto capital simbólico digital que lo agrandan porque millones vamos a compartir, “pero has visto como se ha mirado con Ester Expósito".




Muy bueno, che. Me gusta mucho como analizas desde Bourdieu lo del "capital simbólico digital" y el concepto de "clase alta digital", creo que explica bien el presente. ¿Tenes algún texto donde trabajes este tema de los capitales de Bourdieu en nuestra época de redes y algoritmos?