La amenaza de las patentes software se cierne sobre Europa

A finales del año pasado tuvo lugar el debate sobre las patentes software en el seno de la Unión Europea. La Comisión Europea planteaba una directiva en la que el modelo consistía en el patentado ilimitado de software, aspecto que fue muy moderado por las distintas enmiendas aprobadas en el Parlamento Europeo. Sin embargo ese no fue el fin, aún le queda pasar por el Consejo Europeo, cuya reunión a tal efecto es mañana lunes 17 de Mayo y en el que la actual presidencia irlandesa pretende que se apruebe el modelo de patentado ilimitado del software.

El tema de las patentes software es largo y complejo. La principal razón por la que se articula el sistema de patentes sobre una industria es incentivar la investigación y proteger a los creadores, permitiendo obtener un beneficio a aquellos que produzcan innovaciones. Hay quien incluso proclama a las patentes como medio de defensa de la pequeña empresa respecto del gigante multinacional, que no podría plagiar directamente lo creado por otra.

Uno de los temas fundamentales a la hora de aproximarse a las patentes en el software es qué es realmente lo que se patenta. La directiva menciona a las invenciones que realicen una «contribución técnica», término ambiguo donde lo haya en el ámbito del desarrollo software. Lo cierto es que el sistema de patentes aplicado a la industria del software provoca efectos contrarios a los invocados para su implantación. Se llega a patentes sobre temas tan básicos, sobre aplicaciones directas de principios matemáticos e ideas tan inmediatas, que las posibilidades de innovación se tornan en inexistentes cuando las herramientas y métodos para llegar a ellas ya están patentados. Un ejemplo práctico sería en aquella absurda patente de Microsoft sobre uso de XML en procesadores de textos, como si se hubiese patentado el ponerle líneas a los folios o el grapar los folios con dos grapas en el ámbito de la escritura. En el software se debería optar por un sistema de otorgación de patentes en todo caso muy conservador, puesto que si descendemos a «bajo nivel», los algoritmos que consituyen los programas no son sino funciones matemáticas y las ideas y principios que engendran el software son en muchas ocasiones analogías directas de principios de otros ámbitos trasladados al universo intangible del software. Patentar el uso de la ventana como interfaz o el de mantener pulsada una tecla durante un tiempo para provocar un efecto, es patentar lo evidente.

Otro efecto importante es que los grandes beneficiados van a ser los gigantes de la industria del software. IBM y Microsoft lideran las listas de más patentes por año, auqnue también es cierto que caso Spx se dió el caso contrario: Microsoft se vió condenada a pagar por violación de patente.

En cualquier caso, con un modelo de patentes ilimitado el gran damnificado será el software libre. De aprobarse mañana esta directiva en el estado que la presidencia irlandesa quiere hacerlo, el software libre tal y como hoy lo conocemos perecerá. La posibilidad de reproducir versiones libres de los programas más comunmente utilizados desaparecerá, por lo que sólo los proyectos muy patrocinados por empresas grandes podrán permitirse aforntar el pago de licencias de las distintas patentes.

Las posturas de los distintos gobiernos en el Consejo Europeo es una incógnita en muchos de los casos. Alemania ya ha manifestado su oposición, Irlanda es la gran impulsora de la aprobación. Ni el ministro español, José Montilla, ni Isaías Táboas, jefe del gabinete del ministro, han confirmado aún la oposición de España a esta directiva sobre las patentes del software. Miembros del PSOE a título individual, como el presidente de Extramdura, Rodríguez Ibarra, y miembros del PP como el conseller de Cultura, Educación y Deporte de la Comunidad Valenciana, Esteban González Pons, ya han declarado su postura en contra de la directiva. Izquierda Unida ha tomado esta postura como la oficial de la coalición.

En definitiva, una decisión crucial para el futuro del software, del que los ciudadanos todavía no sabemos qué piensan nuestros gobernantes.

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