Hijos y privacidad en dispositivos y comunicaciones

Miguel Angel Uriondo en su blog

Dicho todo lo cual creo que, como padre, tengo más derecho a ser paternalista que el estado. Como ya he escrito, creo mucho en que mis hijos tengan acceso a la tecnología desde muy jóvenes. Mi hija tiene un pequeño iPod con aplicaciones educativas escogidas por nosotros y últimamente me pide mucho el móvil porque le gusta el Modo Niños de Zoodles. Este programa no sólo me permite configurar qué puede usar y durante cuánto tiempo, sino que también me envía correos periódicos informándome de la actividad desarrollada por la niña. Lo más importante es que, por más que le guste la tecnología, todavía lo cambia todo por un par de canciones, un cuento inventado antes de dormir o que le ponga el brazo por almohada.

Mi plan es seguir controlando la actividad de sus dispositivos hasta que deje de pagar por ellos y no dejar de preocuparme por cada aspecto de su vida, interesándome en sus cosas y convirtiéndome en alguien con quien no tema compartir cada pequeña preocupación.

Lo he traído – hay que leer el artículo entero – porque mis expectativas son diametralmente opuestas: no creo que mis hijos adolescentes vayan a permitir un tutelaje de esta índole, de hecho mi impresión es que la independencia y privacidad de sus dispositivos y comunicaciones forma parte del desarrollo. Si con algo cuento es con haberles dado herramientas para afrontarlas y cercanía para ayudarles si lo necesitan aún habiendo dejado de ser niños.

2 comentarios en “Hijos y privacidad en dispositivos y comunicaciones

  1. Bueno, a Uriondo se le potenció el gen paternalista al leer el domingo a Jabois con el tema de Nora, la adolescente mallorquina (a mí también, Miguel Ángel). Ese tráfico de mezquindad que ocurría a espaldas de los padres y del que quedó constancia en el móvil de la niña, hace arrumbar hasta los espíritus más defensores de la plena libertad de los chavales para comerciar sus relaciones y los contenidos a los que acceden en sus dispositivos.

    Un sistema de tutelaje férreo ocasionará no pocas fricciones y quizás también fomente el tapadillo, la huida de los deflectores carcelarios. Puede. Pero no creo que la opción de la libertad absoluta, prendida con las frágiles pinzas del «confiemos en la educación que le he transmitido» no esté exento de alguna que otra incursión espía en sus territorios si notamos que algo raro sucede, lo cual solemos notar con frecuencia, y me dicen que en la adolescencia del chaval (no te digo nada en el caso de las hijas, Antonio, ¡las hijas!) se acentúa mucho más 😉 Y no creo que pase nada por eso, por asegurarnos, por seguir aportando nuestra madurez donde haya posible fallas del sistema.

  2. Estoy contigo Antonio.

    La vida privada hay que respetarla en crios, adolescentes, parejas y ciudadanos. «Tener acceso no significa que vayas a utilizarlo», es una forma de justificar lo injustificable.

    Nuestros hijos e hijas se enfangarán en mierda, como a todos nos ha pasado, y espiarles solo servirá para ver cómo se enfangan, pero no para evitarlo. O a lo mejor sirve para evitar un charco, pero acabarán en otro.

    Más nos vale que lleven la mochila bien cargada de recursos y cariño.

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