En defensa del crítico experto frente a la agregación de opiniones en internet

Hace unas semanas la Harvard Business School publicó un estudio bastante interesante analizando las opiniones en internet sobre libros y las de los críticos en los medios. Las conclusiones han dado mucho que hablar, la más interesante de ellas apunta a que expertos y usuarios de Amazon tienden a coincidir en las valoraciones sobre la calidad de un libro, lo cual cuestionaría la jerarquía que se suele otorgar a «los expertos».

De hecho las mayores diferencias, apunta el estudio, están en los autores noveles, para los que los críticos profesionales son menos favorables. Sucede al contrario con aquellos escritores que han ganado premios o que han sido reseñado por otros medios, más valorado por los críticos de la prensa frente a las opiniones de usuario en internet.

La mayoría de conclusiones sobre este estudio han tendido a celebrarlo como una prueba de la «sabiduría de las multitudes», que titulara Surowiecki en la obra de referencia en la defensa de que hay contextos y problemas para los que la agregación de opiniones es mucha mejor opción que el criterio de un experto en la materia. Si a eso añadimos que se refleja que los críticos podrían tener cierto sesgo a favor de autores consolidados y contra los noveles, no ha faltado quien ha querido enterrar esta figura… algo que, a mi entender, supone una mala interpretación de cómo se produce la prescripción de compra.

Soy un defensor de la figura del experto, del crítico, del analista no porque carezca de sesgos, sino precisamente porque los tiene: un criterio propio, filias y fobias, un conjunto de opiniones que no correlaciona con lo que el resto del mundo piensa. Eso sí, en contra del criterio utilizado por el estudio de Harvard, mi sensación es que este perfil se encuentra sobre todo en los blogs, al menos en algunas categorías como tecnología y cada vez más gastronomía, moda, cine, literatura…

Claro que me aportan valor las «opiniones de usuario», pero las de desconocidos siempre las observo con lupa. De hecho mi impresión es que los sitios de opiniones que no introduzcan una capa social que me permita perfilar mis círculos de confianza quedarán como vestigio de un pasado en el que nos fiábamos de los desconocidos. En mi caso, llego a ellas cuando ya ha habido una selección previa de posibles obras o productos a comprar, pero pesan mucho menos que un análisis de Xataka en tecnología o una crítica de Rodrigo Fresán en el suplemento cultural de ABC.

Otro caso distinto son los algoritmos de recomendación, como el que articula el propio Amazon a través de lo que han comprado individuos con un perfil de adquisiciones similar al de uno y que aplican tantos otros: Lastfm, Netflix… en este caso creo que incluso me fío más de ellos en tanto en cuanto es una suerte de «prescripción pasiva» y la experiencia me confirma que funcionan bien. En cualquier caso, servidor no piensa erradicar de su vida la lectura de críticos y expertos por mucho que la multitud afine bastante: quiero sesgos, manías, filias y fobias de alguien de cuyo criterio me fíe.

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