«Censura» en Twitter e ideología

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Una pequeña pieza en New Yorker sobre los mecanismos anti acoso en Twitter y los mecanismos de «censura» articulados al respecto (entrecomillo por aquello que comentamos sobre la censura en los tiempos de internet)

Merece la pena leer el artículo entero hasta llegar a su conclusión:

Es fácil burlarse de los temores de Sullivan sobre la llegada del reino de «las feministas de izquierda», pero tiene razón al sugerir que el nuevo protocolo de acoso de Twitter no va a ser ideológicamente neutral. La censura, incluso el tipo de pequeña censura «c», sin la cual no hay publicación o plataforma de medios sociales o club de la comedia que puedan funcionar, nunca lo es.

Y aquí es cuando podemos reafirmar que esa visión de que las redes son neutrales y un instrumento para cualquiera que las usa es un espejismo. Su diseño y sus reglas tienen un componente de exportación ideológica desde el mismo momento en que se censura un tipo de contenidos (estas semanas estamos asistiendo a una suspensión de cuentas en Twitter muy rápida ante cualquier mínima denuncia de mensaje discriminatorio) y no otros.

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La censura en los tiempos de internet

portada El Jueves

Les supongo enterados de el caso «El Jueves». Si no, en El Diario lo recogen con pelos y señales, agregando las reacciones de los colaboradores de la revista que la han dejado y resumiendo la marcha atrás decidida por RBA respecto a la portada con la imagen del rey y el príncipe. Sin más información, queda la duda de si es RBA quien proactivamente impide que la revista con esa portada llegue a los kioskos o si recibe algún tipo de presión para actuar de ese modo.

Lo que más me ha interesado del tema es el debate generado a posteriori sobre «la censura». Más que interesado, diría que me ha chocado por lo viejo de las posiciones. La censura ya no es posible en los tiempos de internet. No hablo ya del recurrente y manido hasta el aburrimiento tema del «efecto Streisand», tampoco por supuesto de la censura dura y real, la previa gubernamental, sino de ese escenario más nebuloso que en algunos casos se identifica con la autocensura o el control editorial que ejerce el dueño del medio.

Y la censura no es posible porque en internet no hay barrera de entrada para la publicación y, lo que es más importante, hay grandes herramientas para el descubrimiento de contenidos. Google, Twitter, Facebook, Menéame – qué casualidad, todos contra los que va el canon AEDE – y los blogs son capaces de articular una suerte de meritocracia gracias a la cual las nuevas propuestas son descubiertas, compartidas y conquistan audiencias. De esa manera, la capacidad de «censurar» la publicación de ideas y opiniones por parte de los editores dejó de existir hace mucho tiempo. Es más, después del movimiento contra la ley Sinde, la viralización de la foto del rey matando elefantes, el 15M con millones de personas en la calle, ¿se puede dudar de que los grandes medios ya no son condición necesaria ni suficiente para introducir un tema en la agenda pública?

Otro punto diferente es la posibilidad de vivir de esas opiniones y contenidos. Si eso siguiera siendo una prerrogativa en manos de los editores de toda la vida, podríamos hablar de una capacidad de censurar de facto. De hecho es frecuente encontrar en los últimos meses la conjetura de que el gobierno está apretando por la vía de la publicidad institucional a los grandes medios para forzar una moderación en las críticas. Incluso así, contando con una evidencia mucho más débil que en el punto anterior, creo que hay casos suficientes en el mercado que atestiguan que cada vez las firmas personales son capaces de arrastrar a la audiencia gracias a la conexión entre ambos en internet y que cada vez hay más y mejores vías para probar modelos de negocio y hasta de calcular la demanda dispuesta a pagar (véase crowdfunding).

En todo este debate no he parado de utilizar la palabra «censura» entrecomillada cuando me refiero a la acción del editor. No quiero acabar en un debate terminológico, pero mi postura parte de que los editores controlan las líneas editoriales y en ellas ponen las líneas rojas que no cruza un medio. La mayoría lo hace a priori cuando selecciona a sus colaboradores (en casi ningún medio va a aparecer el rey con una corona de mierda, pero eso no es porque lo tengan que echar atrás como El Jueves, sino porque a los que escriben y hacen el medio ni se les ocurriría), en algunos casos hay consignas explícitas y en los menos órdenes de marcha atrás.

No es que El País sea menos «censor» que «El Jueves», es que controla su línea editorial de otra manera. Lo que chirría, claro, es cuando tienes un plantel como el del Jueves (véase lo que cuenta Uriondo) te extrañes de que saquen algo así sobre la monarquía e intervengas con la medida más punitiva y polémica. Libertad de expresión no es que Expansión o Actualidad Económica – yendo a los sitios donde escribe Miguel Angel – los colaboradores puedan poner lo que quieran (me gustaría ver un intento de que su portada y varias páginas recogieran una versión crítica severa y completa al Canon AEDE, de hecho me ofrezco a redactarlo) o que el Diario tenga la obligación de seguir contando con Senserrich después de su última colaboración. Eso no es censura – o al menos yo haría un esfuerzo por no identificarlo con la censura real que han ejercido y ejercen muchos estados – es control editorial que ejerce cada medio que apuesta por una línea editorial, que tiene líneas rojas propias y una entidad porque, en definitiva, quiere ser un medio y no un agregador de piezas de sus colaboradores. El País no es censor porque no me deje escribir lo que yo quiero en su portada.

No hay censura para las ideas y las opiniones en los tiempos de internet, al menos en los actuales sin barreras de entrada para publicar. Me gusta pensar que los ejemplos que hay en el mercado de periodistas que se lo montan por su cuenta y son capaces de salir adelante no son una excepción rara sino una posibilidad real para gente como la del Jueves. A pesar de que mis intentos en la adolescencia de que me gustara la revista se viesen frustados, creo que ha quedado más que demostrado que seguidores dispuestos a pagar por su trabajo y no tanto por la marca y el medio hay.