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La irrupción del (nuevo) posicionamiento en la televisión

Tony Soprano

Un directivo de márketing del mundo real dirá con celeridad que la idea de posicionamiento, la asociación de unos atributos a una marca dentro de un mercado, no es algo nuevo y que ya existe en la mente de los espectadores: Telecinco es una cosa, La Sexta otra y La2 absolutamente otra distinta. Les pueden poner adjetivos como telebasura, culturales, deportivas, la de la fórmula 1, etcétera, etcétera, en un clásico ejercicio de imágenes mentales de lo que una marca significa para ti.

De hecho, la aparición en España en la década de los ochenta de las primeras emisoras autonómicas y, posteriormente, de las televisiones privadas, introdujo en el sector algo anteriormente innecesario: el desarrollo de identidades corporativas de las cadenas. Así, pequeñas agencias creativas se dedicaban a diseñar esos pequeños iconos que se dio en llamar moscas y esas cortinillas de automopromoción de la cadena que pueden verse separando la publicidad de la programación. El objetivo era crear una imagen mental de lo que la cadena representa en ejercicios técnicos y estéticos que llegaron a costar grandes cantidades de dinero y que internacionalmente es toda una industria con sus propios premios. Una dinámica, en definitiva, parecida a la de las agencias de publicidad.

Para los lectores venidos - o nacidos - en la red, la palabra posicionamiento sugiere inmediatamente la posición jerárquica que una página adquiere dentro de los buscadores. Puesto que estos servicios se dedican a localizar la abrumadora cantidad de información que hoy día se ha digitalizado y puesto que se han convertido en la puerta de entrada de los usuarios y en fuentes primordiales de asignación de tráfico, resulta inviable carecer de una estrategia de posicionamiento para ser encontrado por los buscadores y, simplemente, existir. Es común el relato de cuando toda la información que producía el mundo cabía en los pocos libros que el mundo medieval era capaz de editar y cómo en nuestro presente la abundancia de datos se vuelve abrumadora creando un problema esencial: cómo separar la información relevante de lo irrelevante.

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